sábado, septiembre 26, 2009

JOAN E. GARCES_SOBERANOS E INTERVENIDOS




INTRODUCCIÓN DEL AUTOR

Los Estados se forman, existen y perecen. Los pueblos con conciencia de tales permanecen. Mantener la neutralidad en las guerras de los Imperios fue una constante predominante en las corrientes democratizantes de los siglos XIX y XX, que evitó a españoles y latinoamericanos ser arrastrados a la guerra hegemónica de 1914-1918. ¿Hubieran sobrevivido las fronteras de España si hubiera entrado en aquella coalición bélica? La primera guerra mundial confirmó la separación de la naciente República de Irlanda de la Corona británica. El Tratado de Versalles reorganizó el mapa político de Europa, sustituyó el principio del Congreso de Viena de 1815 -el libre derecho de los reyes a mandar sobre los pueblos-, por el de los pueblos a gobernarse a sí mismos. Su concreción redistribuyó los pueblos de la derrocada Corona de los Habsburgos entre los nuevos Estados de Rumania, Hungría, Checoslovaquia, Austria, Yugoeslavia y Polonia, el resto fue sumado a Italia; amputó del Imperio de los destronados Hohenzollern los pueblos de Prusia oriental, Memel, Danzig, Poznan y Alsacia-Lorena. En un proceso autónomo aunque paralelo, el derrocamiento de los zares fue seguido del nacimiento de los Estados de Polonia, Finlandia, Estonia, Letonia y Lituania; una cadena de plebiscitos modificó casi todas las fronteras anteriores a 1914; los pueblos del Imperio turco fueron a su vez repartidos entre Francia, Gran Bretaña, Italia y Grecia.
El Tratado de Versalles de 1919, a diferencia del Congreso de Viena un siglo antes, no supuso la emergencia de una potencia dominante sobre Europa. La guerra de 1914-1918 terminaba en armisticio, no en el aplastamiento del expansionismo. Al cabo de pocos años, casi todos los nuevos Estados se hallaban intervenidos por las potencias hegemónicas, que los utilizaban en sus combinaciones económicas, diplomáticas y militares, mientras sometían a sus pueblos a dictaduras militares o fascistizantes: en Polonia, golpe militar de Pilsudski -mayo de 1926; en Estonia, dictadura de Constantino Päts -marzo de 1934; en Letonia, dictadura presidencial tras el golpe de Estado de Ulmanis -mayo de 1934; en Lituania, dictadura de Voldemaras -diciembre de 1926- y régimen de partido único -diciembre de 1932; en Yugoeslavia, golpe de Estado del rey Alejandro -enero de 1929; en Bulgaria
putsch militar y gobierno Zankov -junio de 1923-, régimen autoritario del coronel Kimon Georgieff -1934-, dictadura del rey Boris VII -enero de 1935; en Rumania, régimen personal de Carol II -febrero de 1938- y golpe de Estado que impuso la dictadura del Rey; en Albania, dictadura de Ahmed Zogou -enero de 1925. En la zona de influencia británica se sucedieron también los golpes militares: en España, dictadura militar entre 1923-1931, sublevación de un sector del Ejército en julio de 1936 que al cabo de tres años de guerra instaurò la dictadura de Franco; en Portugal golpes de los generales Gómez da Costa -mayo de 1926- y Antonio Carmona, dictadura de Antonio de Oliveira Salazar (1932-1974); en Grecia golpe de Estado del general Ioannis Metaxas -agosto de 1936. En un contexto mas original, Mussolini había marchado sobre Roma -octubre de 1922- y Hitler ganado las elecciones en Alemania -enero de 1933. La derrota de los imperios germánicos en 1918, la influencia de las movilizaciones populares y de autodeterminación nacional en el centro-este de Europa, tuvieron su repercusión política entre los españoles. El 15 de noviembre de aquel año Alfonso XIII convocaba al líder de la burguesía catalana, Francesc Cambó (Lliga Catalana), para decirle:

El Ejército alemán está en plena derrota, los socialistas han tomado el poder en Berlín; en Viena la tropa insubordinada hace causa común con obreros y presos liberados; la Suiza alemana está sublevada [...]. Yo temo que venga un estallido revolucionario en Cataluña; que los obreros se unan a los soldados [...] no veo otra manera de salvar situación tan difícil que satisfacer de un golpe las aspiraciones de Cataluña, para que los catalanes dejen de sentirse en este momento revolucionarios y mantengan su adhesión a la Monarquía [...] Hay que dar la Autonomía a Cataluña inmediatamente [...] Es preciso que usted vaya a Barcelona en seguida para provocar un movimiento que distraiga a las masas de cualquier propósito revolucionario.

Cuenta Cambó lo que manifestaba en aquellas horas el embajador británico:

ésta es la hora de Cataluña. Ahora ha llegado el momento de que los ingleses borremos la mancha que en nuestra historia pusieron los ministros de la reina Ana al traicionar a Cataluña (1714). Diga a sus amigos catalanes que Inglaterra no consentirá ahora que se les atropelle si reclaman su autonomía: ellos han estado con los aliados durante toda la guerra, meintras que en el resto de España la inmensa mayoría estaba con Alemania.

Cambó y el presidente del Consejo de Ministros, el conde de Romanones (Partido Liberal), ejecutaron la instrucción de Alfonso XIII y doce días después designaban a dirigentes de todos los partidos políticos para formar una comisión redactora de un proyecto de autonomía para Cataluña, que debía ser presentado en las Cortes para su aprobación. Figuraban en aquélla desde Antonio Maura y Eduardo Dato a Julián Besteiro, Alejandro Lerroux y Lluís Companys. La respuesta de los socialistas Pablo Iglesias y Francisco Largo Caballero (diputado por Barcelona del PSOE, que tenía en el Parlamento español seis diputados), fue dirigirse "a los republicanos catalanes diciéndoles que si entraban en la Comisión desligaban a Cataluña de la causa de la República [...]. A (Marcel.lí) Domingo, Layret, Companys y otros republicanos catalanes les convenció plenamente este argumento, se impusieron al resto" y no se incorporaron a la Comisión. Los proyectos políticos de socialistas y republicanos eran autónomos de los partidos conservadores. Dos meses después, seguro de que la revolución europea no alcanzaba a España, cuenta Cambó que el propio Monarca saboteaba el proyecto de Estaturo catalán. El antecedente de 1918-1919 es interesante a mas de un título. El 15 de junio de 1977, en las primeras elecciones después del fallecimiento del general Franco, los electores de Cataluña dieron cerca del 70% de sus votos a quienes se presentaban bajo siglas y símbolos ilegalizados desde 1939 por la Dictadura: socialistas (PSOE), comunistas (PSUC) y republicanos (Esquerra Republicana). La reacción del gobierno presidido aquel 1977 por Adolfo Suárez admite ser comparada con la de Alfonso XIII en 1918: convocó a Palacio al representante simbólico del autonomismo catalán -esta vez en el exilio, Josep Tarradellas, sucesor de Lluís Companys en la Presidencia de la Generalitat-, le ofreció el reconocimiento inmediato de la autonomía si viajaba a Cataluña a formar un Consejo Ejecutivo de integración que aceptara las limitaciones de soberanía popular y nacional legadas por la Dictadura y su sistema socioeconómico. Así lo hizo Tarradellas, comprometido en secreto desde noviembre de 1976 con el emisario Andrés Casinello en "acatar públicamente al Rey, a la unidad de España y respetar al Ejército, [...] a no ser federalista y quedar siempre al margen de los planteamientos valencianistas y mallorquines". Lo que en 1977, y después, no encuentra su equivalente respecto del precedente de 1918 es la respuesta que dieron el PSOE y la izquierda republicana a la propuesta del Rey a Francesc Cambó. En junio de 1977 no existía al frente de los grupos que se envolvían en las siglas históricas un liderazgo endógeno, ni tampoco un proyecto nacional alternativo al que desde los centros de decisión de la Coalición de la Guerra Fría se había programado para España una vez que falleciera Franco. Desde antes de junio de 1977 se habían comprometido en secreto con aquel proyecto Felipe González Márquez y Santiago Carrillo, sus hombres en Cataluña fueron diluidos en el Consejo Ejecutivo presidido por Tarradellas y, de ese modo, quedó neutralizada la esperanza popular de una alternativa sociopolítica a la herencia dejada por la Dictadura. Menos de cinco años después de 1977, la burguesía liberal catalana lograba lo que Alfonso XIII, su Gobierno y la Lliga buscaron sin éxito en 1918. Los propios términos de Cambó podrían describir el sentido de la "operación Tarradellas" de medio siglo después:

[...] a fin de dar un sentido al movimiento [...] desencadenado en Cataluña y conservar su control, propuse que [...] se reuniera la Asamblea General de la Mancomunidad, con la colaboración de los parlamentarios de Cataluña, para elaborar el Estatuto de Cataluña y [...] en nombre del principio de autodeterminación [...] ¡se presentara al Parlamento español para que fuera sancionado! La música era revolucionaria pero la letra, si bien se mira, era conservadora. El fijar una tarea a hacer, que duraría días, calmaba las pasiones y quitaba a las izquierdas la dirección [...] Y si al recactar un Estatuto de Autonomía de Cataluña llegábamos a un acuerdo todos los partidos catalanes, que fuera también aprobado por las izquierdas españolas, quedábamos cubiertos [...] de peticiones [...] que en el porvenir formularan las izquierdas [...] a base de la Repùblica y la revolución social.

Un lustro después de 1977, en efecto, las siglas democráticas históricas habían sido reducidas a minoría en el Parlamento autónomo y en la mayor parte de los municipios de Cataluña, eran excluidas del gobierno de la Generalitat, el PSUC se desintegraba y Tarradellas era agraciado con el título de Marqués. Las causas estructurales de semejante desenlace se describen en los capítulos que siguen, sus precipitantes coyunturales fueron operaciones puestas en marcha para mantener intervenida España mas allá del régimen de dictadura. Una fase de las operaciones de intervención me tocó vivirla de cerca cuando era yo investigador de la Fondation Nationale des Sciences Politiques de París, después que en mayo de 1974 había formado parte del equipo personal de asesoramiento del candidato de Unión de la Izquierda (PS-PC-MRG) en las elecciones a la Presidencia de la República francesa, François Mitterrand. Integraban aquel equipo buenos amigos, entre otros Jacques Attali y Michel Rocard. La atención estaba entonces centrada en un país ibérico perteneciente a la OTAN, Portugal, donde el 25 de abril de ese mismo año capitanes agrupados en el clandestino Movimento das Forças Armadas, sin disparar un tiro, habían derrocado a la mas larga dictadura conservadora europea. La hospitalización del general Franco el 19 de julio siguiente anunciaba el final inminente de la otra dictadura ibérica. A la vuelta de aquel verano de 1974 mi amigo Pierre Guidoni (Partido Socialista Francés) me invitaba a asistir a un cónclave de "jóvenes socialistas españoles" en las afueras de Paris (Suresnes). Se organizaba en Francia con financiación alemana, aprobación de Washington y conocimiento de los servicios de información de Franco. Decliné la invitación de ir a Suresnes. El camino de la recuperación de la soberanía nacional y las libertades democráticas, dije a mi amigo, no debiera pasar por una intervención preventiva como aquélla, de manual, en previsión de que la ruptura de Portugal con el régimen de dictadura pudiera extenderse al resto de la Península Ibérica. En el desierto político producido por casi cuatro décadas de sustracción de la soberanía popular -con la complicidad activa o pasiva de los Estados coaligados con la OTAN-, lo de Suresnes parecía una manera de cooptar a personas que, con financiamiento masivo oculto y apoyo diplomático-mediático abierto, contribuyeran a conducir la España posdictadura hacia los puertos señalados desde los propios Poderes intervencionistas. Lamento no haber errado en mi anticipación. El 24 de mayo de 1984, ante la Comisión del Parlamento de la R.F. de Alemania que investigaba la evasión fiscal del consorcio Flick (industria de armamentos), el socio de éste -Gúnter Max Paefgen- afirmaba que dinero negro evadido entre 1973 y 1976 era entregado a Alfred Nau -tesorero del SPD y presidente de la Fundación Friedrich Ebert- y desviado hacia Mario Soares y Felipe González "para mantener la situación en esos dos países, que estaban a punto de pasarse completamente al otro lado (sic), para estabilizar la situación en la Península Ibérica y América Latina". Después de 1977, el Parlamento germano respondía a una interpelación del Partido Bündnis 90 que las fundaciones Ebert (socialdemócrata), Adenauer (democristiana), Seidel (socialcristiana) y Neumann (liberal) habían estipendiado aún en 1992 a dirigentes de organizaciones políticas homónimas de la Península Ibérica por una cuantía de 902 millones de pta, y en 1993 por 831 millones adicionales. La cuestión a tener presente es que entrar en una coalición militar supone asumir el riesgo de provocar que países y alianzas rivales, so pretexto de combatir a su respectivo adversario, programen intervenir en el territorio de nuestro propio Estado. Cuando en 1942-1943 Norteamérica preparaba el desembarco de su ejército en el Continente europeo y una de las variantes retenidas era hacerlo por Euzkadi, sus servicios especiales sondearon al Partido Nacionalista y al gobierno vasco en el exilio, que empezaron a recibir ayuda material de EE UU. Si el régimen de Franco hubiera sido beligerante entonces junto a Alemania, ¿cabe alguna duda sobre la intensidad y naturaleza que hubiera alcanzado la intervención en España de la coalición antigermana? Volveremos con mas detenimiento sobre este extremo. Un efecto de la larga dictadura vivida es la ideología, predominante en algunos círculos dirigentes, según la cual nuestros pueblos deben ponerse bajo la protección de las Potencias hegemónicas. En propiedad ello es mas bien una racionalización, actualizada, del auxilio que en su día pidieron a las Potencias los sectores sociales que apoyaron y sostuvieron el régimen de dictadura. A pesar de que las circunstancias temporales sean distintas, la práctica de tal tesis genera hoy consecuencias semejantes: perseverar en el desmantelamiento de estructuras de las que depende la cohesión de la Nación, disuadir a la sociedad de la necesidad de un Estado democrático que la represente, que defienda a pueblos que aspiran a mantener, o recuperar, su soberanía interna y externa. ¿Qué consecuencias profundas derivaron del hundimiento en 1936-1939 de las estructuras democráticas, de la subsiguiente guerra interna y del aplastamiento de organizaciones cívicas construidas durante generaciones de esfuerzos democratizadores? Un Estado que depende de la Potencia hegemónica para sobreponerse a su propio pueblo es una prolongación del poder imperial. La duradera intervención a que han sido sometidos nuestros pueblos ¿les marca como destino la imposibilidad de construir un Estado democrático? La ocupación de su territorio, mercados y población por las fuerzas de la Coalición que ha sostenido la guerra fría (1945-1992), ¿no es acaso una consecuencia de la articulación de la propia coalición bélica con los sectores locales que apoyaron la dictadura? La ideología predominante mantiene la fachada de un Estado, aunque intervenido, mientras baliza la disolución de sus supraestructuras en los moldes supranacionales que la guerra fría ha gestado. Son algunas de las cuestiones que abordaremos en los capítulos que siguen. La subordinación del Estado a la Potencia hegemónica puede ser necesaria para sectores locales con estatus y poder vacilantes, pero con ello activan fuerzas internas y externas de desintegración del propio Estado. Mayores aún si éste es plurinacional. Cuanto mas alienado se encuentra un gobierno a la Potencia exterior, mayor es su inclinación a reprimir las expresiones diferenciadoras de identidad nacional. En la etapa que sigue al agotamiento de la Dictadura, al socaire de coberturas ideológicas construidas durante la guerra fría se ha formalizado un proceso de progresivo desmantelamiento de funciones y competencias inherentes al Estado democrático-soberano. En vez de reconstruir sus pilares representativos y participativos, la disolución del Estado en las estructuras supranacionales derivadas de la guerra fría ha sido el ariete dirigido contra quienes continuaban empecinados en recuperar constantes históricas opacadas durante la dictadura. Como las de asentar la convivencia entre los pueblos hispánicos en una federación democráticamente pactada, en el no alineamiento tras el Poder imperial de turno, en la libre determinación de cada personalidad nacional y cultural diferenciada. El abandono de los tres postulados exterioriza que "hacer la revolución burguesa" -misión que dijo haberse autoasignado el equipo salido del cónclave de Suresnes, y sus émulos en Portugal y América Latina -si por un lado buscaba con otros métodos alcanzar fines que la dictadura perseguía con sus peculiares procedimientos, por otro lado ha contribuido a abrir las compuertas a efectos negativos previsibles y, por tanto, cabe pensar que calculados. Los sistemas con realidades plurinacionales, desde Yugoeslavia a Rusia o la India, han construido sus respectivos Estados federando a naciones y pueblos. Toda Potencia imperial que haya pretendido dominar ha buscado crear Estados divididos allí donde existía una sola comunidad nacional (p. ej., escindir Panamá respecto de Colombia, o la República Federal de Alemania respecto de Alemania, gestado primero por la Administración de Theodor Roosevelt en 1903 y el segundo por la de Truman a partir de 1947). O bien desintegrar el Estado en tantos microestados como entes coexistían en aquél (naciones, conjuntos económico-geográficos, regiones, etnias, etc.). Un ejemplo de esto último fue el destino trágico e inhumano impuesto después de 1991 a los pueblos de Yugoeslavia cuando las Potencias interventoras resolvieron poner fin -invocando principios altisonantes- a la continuidad de un Estado federal y no alineado que había preservado la paz y la vida de sus ciudadanos desde 1945. A lo largo del siglo XX, poco Estados integrados por nacionalidades tan caracterizadas como las que confluyen en el de España han dejado de ser fracturados por el "Gran Juego" entre las Potencias -la excepción se ha dado allí donde el respeto interno a la identidad y libertades de cada uno de los pueblos que integran el Estado (amalgama interna) se ha sumado a la voluntad común de no dejarse absorber por una alianza bélica, ejemplo de la Confederación Helvética. Para las estrategias intervencionistas que esgrimen el concepto de los "equilibrios continentales", una razón de sus políticas es el divide et imperat. En la ONU están reconocidos mas de cuarenta Estados con una población inferior a la de la sola ciudad de Valencia. Cuando el presupuesto anual de una empresa multinacional es superior al de todo el Estado belga, cuando mas de un tercio del intercambio comercial en el Mundo se realiza directamente entre las solas empresas multinacionales, se puede entender lo que para estas últimas significa la mayor parte de los Estados: organizaciones administrativas susceptibles de subordinación y manipulación. Pero a diferencia de los gobiernos, las grandes corporaciones multinacionales no están sometidas a responsabilidades políticas, ni a condicionamientos electorales, o a los vaivenes de la opinión pública. En cambio sí pueden atacar -o sostener- a los mercados y finanzas de gobiernos y Estados. Cuentan con agentes en los altos puestos de la Administración -que proceden de aquellas empresas o aspiran a entrar en ellas-, en los medios de comunicación y en las agencias donde nace la información. Crean noticias y orientan movimientos de opinión, como demostró Silvio Berlusconi en la Italia de 1994 al llevar el neofascismo al Gobierno por primera vez desde 1944. Y si algo rechazan las corporaciones multinacionales es una organización que las controle. Al Estado democrático-soberano, participado por sus ciudadanos, en principio el solo ente con capacidad-legitimidad para pretenderlo, lo desean débil, pasivo hacia ellas. No quieren ni oír hablar de participación de los trabajadores y consumidores en la dirección de las empresas, por cuanto limitaría el libre desplazamiento de un capital indiferente a la suerte de los puestos de trabajo y a los intereses a largo plazo de la economía de las naciones. Hoy pocos Estados o conjunto de Estados subordinan a las empresas multinacionales, pero éstas sí dominan a muchos Estados. Si algún gobierno o pueblo entiende reivindicar la libertad para organizarse dentro de sus fronteras, las fuerzas del abusivamente llamado "mercado libre" -las de los Poderes apoyados por y en empresas multinacionales- movilizan contra el rebelde la secuencia conocida de intervenciones encubiertas o preventivas, bloqueos financieros, represión, militarización, dictaduras, guerras internas o externas. A pesar de los cual, el sistema económico asentado sobre las empresas multinacionales cruje por doquier, desastres humanos y ecológicos se suceden. Si la anarquía es consustancial a la ausencia de estructuras organizativas, evitarla en las relaciones internacionales requiere la función ordenadora propia de los Estados. Las fuerzas económicas que pavonean su triunfo sobre estos últimos -minándolos o desmantelándolos-, generan con ello las causas de muchas de las manifestaciones anómicas y destructivas que discurren ante nuestros ojos. La alternativa en una economía mundializada debiera ser otra, caminar hacia un orden Planetario inspirado en principios jurídicos democráticamente gestados e igualitarios en su aplicación, que respete la identidad de los pueblos y sus libertades, avanzar hacia una Confederación de Estados que reconociera a sus miembros la libertad de decidir dentro de sus fronteras la forma de gobierno y el régimen económico de su elección. Sin embargo, en las relaciones internacionales continúa activo el principio según el cual cada cual tiene tanto derecho como de fuerza dispone. Ello es la negación del Derecho. Dirigidas España, Portugal y América Latina desde centros neurálgicos de la Coalición de la Guerra Fría, sus instituciones fueron adaptadas a las necesidades genéricas de aquélla. Terminadas las dictaduras de la guerra fría, los latinoamericanos y españoles no son los únicos que no han recuperado aún las funciones propias de un Estado democrático y participativo. En lo que a las funciones económicas se refiere, han sido abrogadas normas básicas de la capacidad reguladora y mediatizadora del Estado; se han desmantelado medios de producción pública -cuya gestión se renuncia primero a mejorar para cederlos mas barato al capital multinacional o especulativo, alejando a los municipios, sindicatos, cooperativas de trabajadores u organizaciones sociales del acceso a las empresas; se ha estimulado la enajenación de los sectores productivos de mayor rentabilidad a las multinacionales (en el alimentario, por ejemplo, estas últimas controlan en España mas del 70% desde 1988); se ha cedido el control del comercio exterior, transporte, turismo y mercado de bienes de consumo; también la moneda ha sido subordinada a las decisiones del Banco Central de alguna Potencia. En proceso complementario, han sido abandonadas las funciones ideológicas propias de un Estado identificado con la identidad de sus ciudadanos. Se ha entragado al capital privado -en gran parte multinacional-, la casi totalidad de los medios informativos que eran de titularidad pública -en el caso de España, los escritos en 1984, los radiales en 1985, los televisivos a partir de 1989, pero con la expresa voluntad del gobierno de Felipe González Márquez de impedir que pudieran disponer de aquéllos los colectivos sociales o cívicos representativos de ciudadanos, de universidades, sindicatos, entidades culturales, etcétera. No se ha hecho excepción de las funciones inherentes a la defensa nacional, subordinadas a las estrategias del líder de la Coalición de la Guerra Fría. Las funciones estatales de política exterior se sometieron a las directrices de la Coalición y de sus instituciones complementarias. Incluso la concreción de las funciones administrativas y represivas del Estado depende de opciones de política exterior, de defensa y político-ideológicas decididas en órganos de dirección nacidos durante la guerra fría, a los que se reconoce la responsabilidad de delimitar, en último extremo, a quiénes debemos considerar como nuestro amigo o adversario social, político o económico. ¿Sirve semejante "Estado" para mucho mas que para preservar una estructura social subordinada al capital migratorio y, en su caso, imponer el desmantelamiento de la estructura productiva al someterla a centros de decisión fuera de control? ¿Hacia dónde lleva tal dinámica? Si las empresas neurálgicas en, pongamos por caso, Andalucía o Madrid son singularizadas como tales no según criterios de interés nacional, o social, sino en tanto que integradas en el circuito del capital flotante japonés, alemán, etc; si sus productos tienen que competir en el mercado de Galicia en igualdad de condiciones que las asentadas en Edimburgo, sus fuentes de aprovisionamiento están en Indonesia, o Hamburgo, y no en Murcia, su financiación depende de empresas con sede en Nueva York, sus plusvalías las reinvierte en Singapur y no tanto en su propia sociedad, sus bases operativas se deciden en Bruselas, su defensa reside por último en las directrices del Pentágono, si sus circuitos de información canalizan flujos creados por alguna Associated Press o sucursales locales, entonces los ejecutivos de tales empresas, que para viajar usan el pasaporte de la CEE, pueden preguntarse en propiedad qué es, para qué les sirve un "Estado" que ha perdido hasta su mercado interior. Si postergan los intereses colectivos y nacionales y no miran mas allá de su interés individual o corporativo, pueden esperar que dentro de su horizonte vital semejante "Estado" haya quedado reducido a un marco de administración-ordenación territorial, yuxtapuesto al de comarcas, regiones o municipios, a una referencia de historias pasadas. Lo decía a su manera Jacques Delors al afirmar que el futuro de España es ser la Andalucía de Europa -es decir, responden algunos andaluces, un destino de marginación, desempleo y explotación social que quienes lo sufren son los primeros en rechazar. Una reducida élite local puede esperar sacar provecho de semejante singladura -como la que se benefició del subdesarrollo de Andalucía-, la mayoría de la sociedad no. Al capital local socio, o aspirante a socio -minoritario- del multinacional, le basta con velar que actúen las "fuerzas del mercado" -y los Poderes reales que en los hechos las dirigen-, rendirles pleitesía, para en contrapartida estimarse acreedor de su protección. ¿Contra quién? Ante todo, contra rivales o adversarios internos. Es notable la continuidad de estas posturas con las equivalentes del siglo XIX... Sin embargo, cuando las orientaciones de los gobiernos se deciden, en último análisis, en función de su alineamiento en una órbita exterior, el interés inmediato y a largo plazo de la comunidad nacional debiera radicar en rechazar ser sometida a las consecuencias de semejantes políticas. Los gobiernos que son instrumento de dominación sobre su propia población, mas que en defensores de los intereses de ésta se convierten en blanco de sus iras, la Administración es percibida como delegada de un Poder ajeno mas que expresión de la libertad e identidad cultural de los ciudadanos. Nuestros sectores dominantes se dicen hoy deslumbrados por los efectos de la internacionalización del capital. Sus elites se obsesionan en contener, impedir la reemergencia de un fenómeno recurrente en nuestra historia democrática: la interacción entre intereses nacionales, culturales y populares. Sin embargo, existen recursos socioeconómicos y culturales susceptibles de impulsar un proyecto colectivo que recoja y desarrolle la ambición de crear instituciones públicas, y también económicas, abiertas a la participación efectiva de los ciudadanos en su gestión, como instrumentos de salvaguardia de su identidad en tanto que pueblos y culturas abiertos al ancho Mundo, sin xenofobias, autarquías, exclusiones ni subordinaciones -lo que pueblos incluso mas pequeños en territorio, demografía y recursos han logrado, o se esfuerzan por alcanzar. Un proyecto colectivo alternativo al programado durante la guerra fría hubiera requerido dar prioridad a recontruir política y culturalmente el entramado social y cívico de la Nación. No fue así, el prolongado legado de décadas de dictadura fue la carencia de instituciones sociales, económicas, culturales, políticas y militares endógenas, susceptibles de asumir democráticamente la defensa de los intereses y bienes propios y colectivos. Una anécdota puede simbolizar esta intervención indirecta en asuntos internos. En mayo de 1979, vigente ya la Constitución de 1978, celebradas dos elecciones parlamentarias y una municipal en régimen de pluralidad de partidos, Felipe González Márquez abría su informe escrito al Gongreso de su organización afirmando, categórico, que la democracia era una relaidad consolidada en España, y recababa su parte de mérito en ello. Cuando horas después la mayoría de los mil delegados votaron una moción discrepante con su línea política, González se negó a formar una Comisión Ejecutiva que respondiera a la resolución congresual. El alcalde de Madrid -Enrique Tierno Galván- subió a la tribuna a explicar que los delegados debían renunciar a darse una dirección no aprobada por González pues, de otro modo, "mañana mismo los alemanes cortan la financiación al partido, en unos días mas los tanques ocupan las calles de Madrid". Los congresistas regresaron a sus casas sin elegir una dirección. Pero, acto seguido, el equipo de González suprimió los controles democráticos internos y se garantizó en su partido, durante tres lustros, sufragios de apoyo del 100% -la corrupción reemplazaba a la ideología. De la anécdota a la categoría. Desde que se les devolvió el derecho de sufragio en 1977, los españoles han votado mayoritariamente a siglas de organizaciones que fueron opuestas al régimen de dictadura. Sin embargo, si bien las formas mudan, el sistema permanece. Como se recordó el 16 de junio de 1987 al general, que, por primera vez desde 1939, declaró que las FF AA acataban incondicionalmente las decisiones del legítimo poder político. En respuesta a la pregunta de un periodista sobre si el Ejército se sublevaría "contra un Gobierno que decidiera otorgar a una región un nivel de autonomía, de autogobierno, en la que pudiéramos estar hablando de autodeterminación", el gobernador militar de San Sebastián -general Díaz Losada- contestó: "Si se acepta por parte de las instituciones de la Nación el que a una determinada región se le dé ese nivel de autonomía, habría que respetarlo [...]". El periodista precisó: "¿incluso habría que respetar una independencia o la creación de un Estado federal?". El General continuó: "Si las instituciones del Estado lo aceptan, habría que respetarlo". Por unas horas los ciudadanos se preguntaron si contaban con militares que respaldaban las decisiones propias de un Estado soberano y democrático, mientras que ciertos núcleos voceaban que las FF AA estaban por encima de la representación de la Nación. En el siguiente día el ministro de Defensa de González, Narcís Serra, cesaba al general Díaz Losada. Pero obstruir vías políticas democráticas ha significado mantener a los vascos encerrados en una dialéctica de armas, sangre y violencias. La vida de nuestra generación ha transcurrido en paralelo a la llamada "guerra fría", la tercera de las guerras intraeuropeas del siglo XX. Las tres han sido ganadas por la subcoalición que pudo movilizar en su apoyo los recursos económico-militares del Nuevo Mundo. A la postre, EE UU ha contribuido a liquidar sucesivamente a todas y cada una de las Grandes Potencias que conocía el Mundo a comienzos de siglo. Vistos desde una perspectiva no eurocéntrica, son los pueblos y Estados de Europa los que han perdido las tres guerras continentales. Pero también los de América Latina al reducirse sus espacios de autonomía en la sociedad internacional. A medida que el desarrollo histórico erosiona las estructuras internas y externas sobre las que se apoyan las dictaduras, emergen las realidades profundas de los pueblos. Los intereses sociales y las naciones con voluntad de sobrevivir necesitan construir nuevos instrumentos de interacción organizada. Las soluciones aplicadas durante la dictadura, y después, son conocidas. Sus insuficiencias, incapacidades y consecuencias están a la vista. En los capítulos que siguen las contemplamos bajo el prisma de experiencias de intervención -de sus metamorfosis-, a partir de documentos de Estado en su día secretos que recogen los fines realmente buscados y los medios empleados. Inéditos la mayor parte, en particular los conservados en los National Archives de EE UU -cuya consulta agradezco, así como la autorización para fotocopiar los textos originales que se reproducen, o citan, a lo largo del libro y otros que son su soporte documental. Nuestro interés se centra en conceptos estratégicos, en su articulación con decisiones y hechos de Estado. De ahí que nos apoyemos en fuentes documentales primarias, donde conceptos y actos son integrados por centros de decisión estratégica que sobredeterminan la suerte colectiva. Sin determinismos a priori, el lector es invitado a evaluar las interrelaciones de causa a efecto entre hechos y decisiones. De modo que, invirtiendo el ángulo de enfoque usual, podamos observarnos a nosotros mismos desde instancias exteriores. El análisis que sigue se sitúa, pues, en una perspectiva temporal larga, en torno de constantes estratégicas. El lector interesado por conceptos cuya vigencia mantiene al Mundo en estado de guerra encontrará, en la segunda parte, una reflexión sobre su génesis y proyección teórica y práctica. Antes de seguir adelante, sin embargo, quiero también reconocer a los colegas del Intitute for Policy Studies, de Washington, D.C., la acogida y colaboración que me brindaron durante mis años de estancia en aquella capital.

lunes, agosto 17, 2009

HONDURAS_Por IGNACIO RAMONET


Con inmenso gozo (1) recibieron la noticia del golpe de Estado en Honduras, los grupos conservadores del mundo y sus propagandistas habituales (2). Aunque éstos criticaron retóricamente el golpe, avalaron y justificaron los argumentos de los golpistas, repitiendo que “el Presidente Manuel Zelaya había incurrido en múltiples violaciones de la Constitución al querer organizar un referéndum para mantenerse en el poder” (3).

Tales afirmaciones son falsas. El Presidente Zelaya no vulneró un sólo artículo de la Constitución (4). Ni organizó ningún referéndum. Ni deseaba prolongar su mandato que termina el 27 de enero de 2010. Su intención era organizar una consulta, no vinculante (es decir un simple sondeo o una encuesta de opinión), preguntándoles a los ciudadanos: “¿Está usted de acuerdo que, en las elecciones generales de noviembre de 2009, se instale una cuarta urna (5) para decidir sobre la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente que emita una nueva Constitución de la República?”.

O sea, se trataba de una pregunta sobre la eventualidad de hacer otra pregunta. Ningún artículo de la Constitución de Honduras le prohibe al Presidente la posibilidad de consultar al pueblo soberano.

Es más, suponiendo que una mayoría de hondureños hubiese contestado positivamente a esa demanda, la “cuarta urna” sólo se hubiese instalado el 29 de noviembre de 2009, día de la elección presidencial, a la cual –en virtud de la Constitución vigente– Manuel Zelaya no puede de ningún modo presentarse.

Entonces, ¿por qué se dio el golpe? Porque Honduras sigue siendo la “propiedad”
de una quincena de familias acaudaladas que lo controlan todo: poderes ejecutivo, legislativo y judicial, principales recursos económicos, jerarquía de la Iglesia católica, medios de comunicación de masas y fuerzas armadas.
La mayoría de sus gobiernos han sido tan corruptos y tan sumisos a los intereses de las empresas extranjeras que, para designar a Honduras, el humorista estadounidense O. Henry acuñó el término “República bananera” (6). En 1929, queriendo explicar lo fácil que era comprar a un congresista, Samuel Zamurray, alias “Banana Sam”, presidente de la Cuyamel Fruit, empresa rival de la United Fruit, afirmó: “Un diputado en Honduras cuesta menos que una mula”.
Al final de los años 1980, el Presidente José Azcona del Hoyo admitió el sometimiento de Honduras a la estrategia de Estados Unidos confesando: “Un país tan pequeño como Honduras no puede permitirse el lujo de tener dignidad”.
Y un grupo de empresarios llegó a proponer que pasara a convertirse en un Estado Libre Asociado de Estados Unidos, como Puerto Rico…

La relación económica con la gran potencia norteamericana es de dependencia casi absoluta; hacia allí va el 70% de sus exportaciones (plátanos, café y azúcar); y de allí llegan unos 3.000 millones de dólares que envían a sus familias 800.000 hondureños emigrados.
Y el capital principal (40%) de las fábricas maquiladoras (de mano de obra barata) en zonas francas es estadounidense.

Hace 30 años, al vencer la revolución sandinista en Nicaragua, Washington decidió convertir Honduras en una suerte de portaaviones para combatir militarmente a las guerrillas revolucionarias en Guatemala y El Salvador, y apoyar a la “Contra” antisandinista. Una de las primeras medidas consistió en implantar una “democracia controlada” en Tegucigalpa.
En 1980, hubo por primera vez “elecciones libres”; un año después fue elegido Roberto Suazo Córdova quien dio paso a una era siniestra de terror, “escuadrones
de la muerte”, “desapariciones” y eliminación de activistas de izquierdas. En tales circunstancias se promulgó la Constitución de 1982, actualmente vigente.

Una Constitución redactada por los principales grupos económicos que desean mantener para siempre a su favor uno de los repartos de riqueza más inequitativos del mundo, con el 60% de los habitantes por debajo de la línea de pobreza y más de un tercio por debajo de la línea de pobreza extrema. Un país empobrecido, en el que la tasa de desempleo se sitúa en torno al 30%.

Eso es lo que ha querido transformar el Presidente Manuel Zelaya. Perteneciente a una de las grandes familias latifundistas de Honduras y miembro del Partido Liberal, el mandatario trató de reducir las desigualdades. Aumentó el salario mínimo un 50%; detuvo la privatización de empresas públicas (energía eléctrica, puertos, sistema de salud) y se pronunció a favor de una mayor participación ciudadana en las políticas públicas. Y esto, aun antes de acudir a Petrocaribe en 2007 y de integrar el ALBA (Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América) en 2008.

La poderosa oligarquía se escandalizó y trató a Zelaya de “traidor a su clase”. Aunque él afirma: “Yo pensé hacer los cambios desde dentro del esquema neoliberal. Pero los ricos no ceden un penique. (…) Todo lo quieren para ellos. Entonces, lógicamente, para hacer cambios hay que incorporar al pueblo” (7).

El itinerario intelectual de Manuel Zelaya y su “conversión” a una concepción progresista de la sociedad son ejemplares. En el ejercicio del poder, constata que “el Estado burgués lo componen las elites económicas. Están en las cúpulas de los ejércitos, de los partidos, de los jueces; y ese Estado burgués se siente vulnerado cuando yo empiezo a proponer que el pueblo tenga voz y voto” (8). Y viene a descubrir esta idea revolucionaria: “La pobreza no se acabará hasta que las leyes no las hagan los pobres” (9).

Es mucho más de lo que pueden soportar los “dueños” de Honduras. Con el apoyo de viejos “halcones” estadounidenses –John Negroponte, Otto Reich– traman entonces el golpe del 28 de junio que ejecutan las Fuerzas Armadas. Todas las cancillerías del mundo lo han condenado. Porque la época de los “gorilas” ya ha acabado. Y ha llegado la hora de los pueblos.

(1) “Con inmenso gozo” se titulaba el mensaje de Pío XII, el 16 de abril de 1939, en el que se congratulaba por la victoria de Franco en la Guerra Civil.
(2) Mario Vargas Llosa, “El golpe de las burlas”, El País, 12 de julio de 2009; y Álvaro Vargas Llosa, “Zelaya, el gran responsable del golpe”, CNN en español, 1 de julio de 2009.
(3) El País, 1 y 5 de julio de 2009.
(4) Francisco Palacios Romeo, “Argumentos de derecho constitucional primario para una oligarquía golpista primaria”, Rebelión, 3 de julio de 2009.
(5) En las elecciones generales se colocan tres urnas: la primera para designar al Presidente, la segunda a los diputados y la tercera a los alcaldes.
(6) En su novela Cabbages and Kings, 1904.
(7) El País, 28 de junio de 2009.
(8) Ibídem.
(9) Ibídem.

viernes, mayo 08, 2009

EFECTOS DEL MIEDO: DIAGRAMA DE ORDEN Y CONTROL SOCIAL

Cristián Beck
U. Arcis Magallanes
cbeck@universidadarcis.cl

Este trabajo nace de una inquietud, de cómo hoy en día el temor -asociado a las problemáticas de la seguridad ciudadana‐, se ha posicionado en el debate, la agenda pública y las problemáticas sociales de nuestro tiempo. Resulta paradójico evidenciar el protagonismo y la multiplicidad de usos que ha adquirido este concepto; es frecuente preguntarnos cuánto temor sienten los sujetos y elaborar estadísticas a partir de ello, y constatar cómo éste se ha constituido en objeto de trabajo e intervención de instituciones públicas y privadas, formando parte y nutriendo –entre otras cosas‐, la totalidad del espacio mediático y discursivo de la actualidad. Este supuesto posicionamiento discursivo del temor no deja de ser significativo y sospechoso, por lo mismo se nos hace necesario especular sobre el estatuto que ha llegado a ocupar esta temática al interior de las problemáticas contemporáneas e interrogarnos por lo que lo ha hecho posible. Por ello es fundamental desarrollar la crítica sobre esto último, tensionar todo lo posible el problema a objeto de construir una base explicativa que posibilite la comprensión del temor a partir de sus dinámicas, el estatuto que presenta en nuestras sociedades, los usos que se pueden generar sobre el mismo, y cómo afecta a los sujetos en sus condiciones particulares de existencia.

Problematizar el miedo

Si el temor es algo tan común, compartido y presente en el diario vivir de los sujetos, debería haber algo de claridad sobre el mismo y a lo menos tener nociones precisas sobre qué o cómo se manifiesta, al punto quizás de encontrar un acuerdo y consenso sobre los factores que lo desencadenan. Pero, ¿podemos decir con certeza qué es el miedo y qué es lo que lo posibilita?

Ante todo el miedo es una emoción, y como toda emoción posee una complejidad que dificulta su objetivación, es decir, no se posibilita identificar sólo un modo de expresión o un rasgo específico de la misma ‐ya sea en un sujeto, grupo o comunidad‐, que permita constituirla en algo concreto, objetivable y observable. Teniendo presente esta dificultad, podemos generar una captura de la emoción a través de los rasgos y gestos socialmente construidos y consensuados, posibilitando de este modo un proceso de objetivación en la manifestación del miedo como emoción. De este modo, por lo menos tenemos una base explicativa con respecto al modo de comprender el miedo y sobre la cual construir una argumentación.


Primeramente hay que entender que el miedo es una emoción, que está en nosotros, que como toda emoción es propia de nuestra condición humana, consustancial a nuestra especie, y que se desata ante determinadas situaciones. Esta condición implicará a lo menos dos cosas: por una parte, hay un organismo que se afecta y lugar donde el miedo se manifiesta; por otra, una exterioridad que lo desencadena. El miedo no presentaría ninguna diferencia con respecto al cómo se genera y cuál es la dinámica de cualquier otro tipo de emoción –como el amor u odio, por ejemplo‐, por tanto, es medular conocer cuáles son sus aspectos específicos y diferenciadores.

Lo que marca la diferencia del miedo con respecto a otro tipo de emoción es que este es ...una emoción‐choque, frecuentemente precedida de sorpresa, provocada por la toma de conciencia de un peligro presente y agobiante que, según creemos, amenaza nuestra conservación (Delumeau, 2002: 28); el miedo tiene su posibilidad en algo distinto, exterior y amenazante para un sujeto, y es eso lo que se constituye en un factor determinante. Sintetizando esta idea, el miedo seria una emoción–choque que se desata ante algo que es considerado una amenaza para un sujeto, sin embargo aún nos queda pendiente saber cuáles serían los rasgos diferenciadores de esta emoción, y las reacciones específicas que puede desencadenar en un organismo. Si constatáramos que todos los sujetos sienten lo mismo cuando los afecta el miedo, llegaríamos a confirmar una especie de automatismo y evidenciar que ante una amenaza todo el mundo reacciona de la misma manera... Un cierto paraíso conductista, un orgasmo Skinneriano. La complejidad se presenta en cuanto el miedo produce reacciones no unívocas, contradictorias en algunos casos, y que se desencadenan de manera diferenciada en uno o más sujetos, no presentando una matriz común. El miedo, como toda emoción... puede provocar efectos contrastados según los individuos y las circunstancias, incluso reacciones alternativas en una misma persona: la aceleración del movimiento del corazón o su ralentización; una respiración demasiado rápida o demasiado lenta; una contracción o una dilatación de los vasos sanguíneos; una hiper o hiposecreción de las glándulas; constipado o diarrea, poliuria o anuria, un comportamiento de inmovilización o una exteriorización violenta. En los casos límite, la inhibición llegará hasta una pseudoparálisis ante el peligro... y la exteriorización desembocará en una tempestad de movimientos enloquecidos e inadaptados, características del pánico (Ibíd.: 29). Ateniéndonos a la cita podemos indicar que estamos frente a un concepto que pretende dar cuenta de una emoción que no posee un modo de expresividad específico, una sintomática en particular, sino que se caracteriza por una complejidad que se desata cuando alguien se siente amenazado. Si analizamos los elementos contenidos en esta aproximación, el miedo es una emoción‐choque que nace de un estímulo asociado a una percepción, ambas producidas por un objeto exterior al sujeto. En esta primera aproximación, en la comprensión del miedo prima una visión naturalista que nos significa entender el miedo como expresión de una relación estímulo‐ respuesta, en tanto el miedo es producido y desencadenado por algo exógeno frente al cual reacciona un organismo. Esta es una interpretación que no se distancia de un subjetivismo que la determina, más se acota en explicar el miedo como una reacción que se vincula a una percepción; esta aproximación es insuficiente para dar cuenta de la problemática sociocultural que el miedo genera en las colectividades humanas y transformar este en un problema antropológico.

El estímulo como exterioridad no se enajena de las relaciones sociales, menos aún de las condiciones materiales sobre la cual se produce la vida; toda construcción de amenaza es una construcción social. Entendemos que el miedo es efecto de una producción, el miedo nace de una amenaza socialmente instituida y compartida, y sus manifestaciones no son ajenas a la presencia de pautas predominantes que priman en nuestra cultura y son socialmente aceptables. Si bien es factible problematizar la sintomática del miedo, esto no será nuestro tema. Nos encaminamos a preguntarnos por aquello que produce el miedo en un colectivo, y discutir el cómo este se administra social, cultural y políticamente (Modificar, poner ejemplo sobre el estímulo).

A efectos de este cuestionamiento, y para introducir una base explicativa más adecuada para los objetivos propuestos, es importante generar un desplazamiento que implique no ya preocuparnos por el miedo en tanto emoción‐choque y casuística, sino más bien sobre las condiciones de su posibilidad, las dinámicas que produce y el estatuto que ocupa al interior de nuestras sociedades. En este camino, hay que decir que si bien el miedo genera reacciones orgánicas complejas, nos es factible proponer que el miedo ante todo es expresión de un conflicto, por tanto, el sustrato sobre el cual se desencadena está dado por la preeminencia de una dialéctica entre las nociones de seguridad e inseguridad que todo sujeto, grupo o comunidad posee, y que elabora a partir de la visión de mundo que construye desde de la estimación de sus condiciones materiales de existencia. De acuerdo a la estimación de las mismas y el cómo se resuelva este conflicto, es posible identificar momentos en la historia de un sujeto, un grupo, o una comunidad, en que la configuración de su experiencia está marcada y posee como rasgo persistente un sentirse temeroso o un sentirse seguro; en este sentido, el miedo expresaría un modo de percepción y adecuación en el mundo, que afecta nuestro organismo, y que se genera a partir de una base material sobre la cual se produce la vida; este es el sustrato sobre el que se sustenta la inseguridad o vulnerabilidad.

Si bien el miedo como emoción se desata en un organismo, este no se enajena de las condiciones materiales de vida. Si en un punto planteamos el conflicto entre las nociones de seguridad e inseguridad como base explicativa del miedo, en este sentido primaria una construcción social y cultural del mismo. En este sentido, el miedo ocupa un lugar destacado y significativo en el desarrollo de ciertas dinámicas sociales, no puede ser estimado solo como negatividad por sus efectos, sino que además posee elementos positivos que inciden en la producción de realidad y en las prácticas sociales de los sujetos. En pro de una argumentación de lo anterior, es interesante indagar sobre los efectos negativos y positivos del miedo, y para graficar esto desarrollaremos un contrapunto entre dos conceptos que en algunos casos se utilizan para hacer referencia a lo mismo y que en rigor dan cuenta de dos escenarios distintos. Los conceptos de miedo y angustia suelen utilizarse indistintamente, si bien ambos dan cuenta de un sentir y una afección que se desata en un sujeto, la diferencia radica en la posibilidad de identificar o no un objeto que las desencadene. El miedo posee objeto, la angustia no; uno sabe a qué le tiene miedo, no así que le angustia. Por tanto la angustia, a diferencia del miedo, es un sentir informe, una inquietud íntima carente de un objeto que la desate. En el mundo moderno, la angustia se ha instituido en una característica de la condición humana, ya que es propia de un sujeto que continuamente se modifica a sí mismo y a su mundo, que no posee bases estables ni seguras, menos aún, certezas ante las constantes transformaciones de las que es protagonista y sobre las cuales debe desarrollar una captura y acomodo; ¿sensación de vértigo?, es posible. Ahora bien, y he aquí el problema, ¿qué pasa cuando este sentir informe, no objetivable, no se logra resolver, se profundiza y se transforma en un estado o condición de vida? Resulta que la angustia pasa a ser patológica ‐ y los psiquiatras y psicólogos pueden dar constancia de ello‐. Para evitar un estado patológico de angustia, es determinante que esta se constituya en miedo debido a que es imposible conservar el equilibrio interno afrontando durante mucho tiempo una angustia flotante, infinita e indefinible ...

El análisis que realiza Rene Girard sobre unos escritos del siglo XIII nos será útil para graficar en cierto modo la dinámica que se desarrolla entre miedo y angustia (Girard, 1982). En dichos escritos, el autor identifica un proceso persecutorio que se genera ante el desate del azote de la peste negra que diezma a un tercio de la población Europea. Lo interesante en este registro es la expresión de una profunda inquietud en los hombres ante algo que les es desconocido, incontenible, improcedente, irreducible incluso a la palabra. El azote es un incierto, un sin‐nombre, una complejidad absoluta, la representación de una violencia que acosa a todos por igual y que no respeta diferencia establecida. La necesidad de identificar la causa es imperativo, es determinante encontrar al o los responsables; sobre estas exigencias y el escenario de la época, la persecución es una respuesta y acción inmediata. Para Girard, la persecución se desata debido al terror que inspira en los hombres el eclipse de lo cultural, la confusión universal que se traduce en la aparición de la multitud . La perdida de las certezas de mundo, la ausencia de respuestas inmediatas, la indiferenciación de las formas culturales, en fin, la disolución de todo orden, hará imperativo encontrar la causa. Encontrar respuestas e identificar la causa de la epidemia se posibilitará gracias al recurso a los imaginarios y las creencias contenidas en la visión de mundo de la época; el recurso a lo simbólico permitirá configurar un objeto adecuado, entregar una materia específica que cupe el vacío de sentido y sobre la cual se puedan dirigir todas las miradas. De esta manera, identificada y objetivada una causa, la inquietud ha devenido en miedo, de ahí en adelante el orden se cautelará de una amenaza específica; en este caso el temor producirá la multitud, y la persecución se desatará sobre los judíos. Sutilmente aquí se observa cómo entra en escena y se hará determinante el vínculo entre miedo y orden.

Sustentando lo anterior, toma sentido afirmar que todo orden –cualquiera que este sea‐, identifica con claridad sus peligros y amenazas, y para ello dispone de un bestiario más o menos acotado y compartido por todos los sujetos que lo componen. Suelen ser amenazas los extranjeros –no de todas partes‐, los delincuentes, los pobres, los mendigos, los jóvenes –sólo algunos‐, etc. Todo orden posee como anverso y referencia a si mismo una amenaza, y la dinámica que ello permite es que ésta activa, alimenta, profundiza y le da sentido a la construcción de orden que se instituye. Si todo orden en las sociedades diferencia, clasifica, jerarquiza, traza límites defendidos por prohibiciones , y que... en ese marco y en tales condiciones, quedan incluidos papeles y modelos de conducta (Balandier, 1994: 45), podemos indicar que el orden estructura, organiza y jerarquiza la diferencia en una sociedad determinada. La importancia que puede o no adquirir una amenaza para un orden específico está dada por el vínculo inextricable y la implicancia entre uno y otro.
Cada uno de estos tópicos representa, de un modo u otro, las nociones de inseguridad y seguridad, respectivamente; y dado que es factible constituir una dinámica entre orden y amenaza, es importante desarrollar una argumentación en este sentido. Baudrillard, con su teorema de la parte maldita, nos explica en cierto modo la cuestión: cualquier estructura que acose, que expulse y exorcice sus elementos negativos corre el peligro de una catástrofe por reversión total, de la misma manera que cualquier cuerpo biológico que acose y elimine sus gérmenes (1991: 115). La amenaza es el elemento representativo de negatividad, y por tanto, consustancial al orden instituido. No se puede prescindir de ella, la pretensión de eliminar la amenaza se topa con una imposibilidad basal dado que ello implica un colapso para el orden en si mismo. Esta lógica también nos plantea otra posibilidad, que un orden sea incapaz de contener adecuadamente la amenaza que produce ya que esta supera todas las esferas de control posible; la situación puede ser expresada en dos términos: control efectivo o control deficitario. El miedo, por tanto, es efecto de la implicancia entre orden y amenaza, y se desata con mayor intensidad ante la fragilidad de un orden que no asegura garantías totales de estabilidad y control sobre las amenazas que produce.

Si analizamos las consecuencias de este modo de comprender el orden, este es una estructura distante de las relaciones sociales y ausente de toda historicidad, situación que no deja de tener consecuencias. El orden define quien está al centro o en las periferias, y cual es la movilidad real de un sujeto al interior del mismo, en cuanto el orden es instituido por determinadas relaciones sociales, este es inteligible sólo al interior de una historicidad que lo explica y unas relaciones de poder que lo producen.

En este punto me parece importante seguir generando aperturas e indagar sobre lo que el miedo puede llegar a producir como efecto positivo. En este sentido, la siguiente cita genera una apertura al respecto: Un niño en la oscuridad, presa del miedo, se tranquiliza canturreando. Camina, camina y se para de acuerdo con su canción... Esa cancioncilla es como un centro estable y tranquilo, estabilizante y tranquilizante, en el seno del caos (Deleuze, G. Guattari, F; 1997: 318). Un primer movimiento se realiza: se fija una sonoridad que pone un principio de orden en el caos. Con posterioridad a este primer movimiento, ha habido que trazar un circulo alrededor de un centro frágil e incierto, organizar un espacio limitado. Muchas y diversas componentes intervienen, todo tipo de señales y marcas . Este segundo movimiento organiza un espacio alrededor de ese eje dejando fuera y protegiendo del caos el orden que se funda; y finalmente, uno entreabre el círculo, uno abre, uno deja entrar a alguien, uno llama a alguien, o bien uno mismo sale fuera, se lanza . Asentado un núcleo, constituido un espacio, es posible crear un umbral para acceder al mundo; el caos es un inmenso agujero negro, y uno se esfuerza en fijar en él un punto frágil como centro... uno organiza alrededor del punto una andadura tranquila y estable: el agujero negro ha devenido en casa... uno introduce en esa andadura una salida, fuera del agujero negro .Estos tres momentos ‐no consecutivos sino que simultáneos‐, pueden estar expresados, por ejemplo, en la fundación de una ciudad: hay una sonoridad, unos ritmos solemnes, un bautismo, una palabra que crea y funda, que toma posesión; se instala un círculo diferenciador y ordenador; el emplazamiento de una zona interior de domicilio o de abrigo, una zona exterior de dominio, límites o membranas más o menos retráctiles, zonas intermedias o incluso neutralizadas, reservas o anexos energéticos . Los momentos mencionados ‐principio de orden, organización espacial, umbral para acceder al mundo‐, son condiciones que permiten la configuración de un territorio.

Las consecuencias de esta aproximación para efectos de este trabajo son importantes. De acuerdo a lo expuesto el miedo puede constituirse en principio de los movimientos ordenadores descritos; de ello se puede inducir que toda institución, todo orden que se instituye contiene en sí la pretensión de generar un dominio y control sobre lo que identifica como caótico y amenazante para si. En este sentido, para que el movimiento ordenador sea efectivo, debe de poseer la particularidad de organizar una actualización adaptativa continua. La posibilidad de pérdida de orden por no‐ adecuación es una realidad que marca un profundo sentimiento de inseguridad en el mundo, un complejo de Democles (Delumeau, 2002: 34).

Producción de orden y control social: instrumentalizar el miedo

El miedo posee efectos positivos, en tanto, su implicancia en la producción de realidad es categórica, por este motivo su comprensión no se debe enajenar de las relaciones sociales históricamente determinadas y constituidas. Por su parte, el orden es un desenlace de las relaciones de poder propias de una época, de ello que toda configuración de orden consista en concretar un modo de dominación específico como epílogo de los conflictos presentes en una sociedad. Estas relaciones son las que nos dan el soporte explicativo del miedo como también del orden y el control social, ello en la medida en que ambos son una producción social históricamente instituida.

La comprensión del orden nos exige elucidar las relaciones de poder que lo configuran y que se expresan a través del mismo, y en este sentido el orden como efecto contiene en si una política que lo determina, por tanto orden no será un concepto inocente e inofensivo, por el contrario, este concepto manifiesta aspectos relacionados con el poder. Si sometemos a la crítica los contenidos del concepto orden expuestos por Balandier (1994), hay aspectos que resaltan sobre este y nos ratifican lo anterior.

Si la producción de orden esta sujeta a una política, su posibilidad esta en el plano de los intereses y finalidades de quien lo define –como sujeto político e histórico‐. El orden, no se distancia de un diagrama y de una base programática que lo precede, por tanto, el orden nos manifiesta la política; instaurar orden, poner orden, dar una orden, o mantener orden, son acciones que expresan lo anterior, y en ellas se devela en su más amarga transparencia, el ejercicio del poder o autoridad.

Nos queda en claro la imposibilidad de un orden inalterable e inmutable, dado que el orden siempre está sujeto a un constante proceso de construcción y actualización. Si en toda institución de orden está presente el recurso a la fuerza, poder o autoridad, se hace factible vincular la institución de orden con cierto ejercicio de las mismas. Los aportes de M. Foucault a la temática nos elucidan el vínculo entre orden y poder, en tanto podemos explicar que el orden corresponde a un efecto de poder cuyas consecuencias en la dominación que ejerce son atribuibles a estrategias, disposiciones, a tácticas y técnicas con respecto a inducir una forma particular de instituir orden (1998; 33). El orden como efecto de una estrategia de conjunto está orientada a ficcionar una determinada construcción de realidad, y para que ésta se cautele es determinante desarrollar un control social efectivo. Si estimamos que el control alcanza su pleno éxito cuando deja de haber conciencia del control, y éste se manifiesta como espontaneidad (Pérez, 2003; 54), este se nos hace totalmente imperceptible, y mucho más complejo diferenciar los lugares desde los cuales el control se ejerce:
uno exterior, el más tradicional, el del disciplinamiento ; junto a otro interior, la introyección de ese control, es decir, desde el espacio interno que lo reproduce (Ibíd.: 2003). Control del comportamiento y control de la subjetividad –autocontrol de sí mismo y normalización efectiva‐.

Ahora bien, ¿cómo se vincula el miedo en todo esto? El miedo afecta nuestros comportamientos y toda forma de significar y subjetivar la realidad. El miedo ayuda a que uno haga las cosas adecuadamente, apegado todo lo posible a reglas y procedimientos aceptados; si uno quiere participar, trabajar, ser ciudadano, patalear, reclamar, ocupar el espacio de la crítica, ser joven o adulto, debe de ser de un modo permitido y establecido –incluso la diversidad ocupa el espacio de lo posible‐; si haces esto o esto otro, te va a pasar esto o esto otro... Para toda autoridad o institución – desde el ámbito familiar al productivo‐, un sujeto –desde un niño a un obrero‐ sin temor es un problema ya que es un sujeto desinhibido, más, es interesante observar cómo el temor se constituye en fundamento de la obediencia.

Dada esta condición, ya no es suficiente tratar el miedo sólo como parte de la condición humana, es determinante tratar el miedo políticamente, es decir, en su vínculo con el poder, el control y la violencia. En este escenario uno puede visualizar el como es factible y se administran los miedos en función de mantener un orden, el cómo esa emoción‐choque se a constituido en un instrumento de la dominación y generado ciertas dinámicas sociales en función de mantener el orden social vigente.

Seguridad Ciudadana: diagrama de orden y políticas de control social

Un análisis político del miedo no debe de excluir un cuestionamiento sobre el diagrama de orden, menos aún, de las tecnologías de control social implementadas en nuestro tiempo. Hoy en día, el gran contenedor de estos dispositivos –diagrama y control‐, se sintetiza en la construcción y desarrollo de las políticas de seguridad ciudadana. Una arqueología de éstas políticas nos da cuenta de varios sustratos que operan como sustento ideológico de las mismas. Por ejemplo, un primer sustrato nos lo indica la popular Tolerancia Cero, y antes que ésta la siniestra Doctrina de Seguridad Nacional, casi como parte de un eslabón evolutivo que finaliza con las políticas de seguridad ciudadana. Interesante génesis, pero sobre la cual interesa acotar sólo un aspecto: cada una de estas políticas expresa un modo de concebir el orden y la manera adecuada de generar un control sobre el mismo, cada una de estas políticas nos hace referencia a un tipo de amenaza, y cada una de estas políticas tiene su posibilidad en un contexto que las configura. Si bien las políticas de seguridad se articulan en función de un control efectivo sobre el diagrama de sociedad que se instituye, es importante destacar que el sustrato sobre el cual estas políticas tienen su fundamento esta dado por una dimensión transversal a todo conflicto, y esta es nuestra tesis, los miedos de los sujetos son el sustrato sobre el cual se desarrolla la política.

Este pliegue sobre los factores detonantes del temor y la inseguridad ha sido sustancial para definir y consolidar una política legítima y consensuada, al punto de constituir la seguridad en política pública y proyecto político. Si nos planteáramos como pregunta qué puede hacer un sujeto, un grupo, una comunidad o institución, cuando el temor los afecta, cuando se siente inseguro, la respuesta sería simple y clara: es necesario constituir un círculo que proteja y cobije, que delimite y diferencie, lo uno de lo otro, el nosotros de su diferencia.., la creación de un conjunto de sistemas de protección de la vida y los bienes de los ciudadanos ante los riesgos y amenazas provocadas por diversos factores (Jaramillo, 2002), es decir, se hace necesaria la institución de un orden que de seguridad, confianza y certidumbre a los sujetos. El orden en este sentido, si bien es producido, diagramado, y está en el plano de las intencionalidades, éste no se enajena de una materialidad que se configura en un espacio.

Volviendo a una idea anterior, si la seguridad se instala como política pública o proyecto político no es una cuestión menor. En esta lógica, si la seguridad es un proyecto esta seria algo por‐venir, no inmediato en el presente, la seguridad sería casi como una promesa, un discurso mesiánico que promete un estado futuro, algo como un estado de seguridad o la tierra de la seguridad , y que en su puesta en práctica moviliza, construye. Entonces, y pese a todo ello, si dejáramos de lado la seguridad entendida como promesa, qué podríamos entender por seguridad. La seguridad es una construcción que en estos tiempos se ha definido políticamente y no posee una base material que la sustente, es meramente conceptual. Si nos preguntáramos, cuándo uno se siente totalmente seguro, o cuáles son las condiciones básicas o mínimas para sentirse seguro, no tendríamos una respuesta definitiva ni categórica, por tanto, cada sujeto, grupo o comunidad, interpreta esta noción de acuerdo a sus condiciones materiales de vida, de ello la seguridad seria algo absolutamente relativo que esta determinado por la experiencia que cada uno posee. Ahora bien, para que haya una adecuada implementación de una política pública es necesario el acuerdo y consenso sobre materias específicas que no provoquen disidencia, en este sentido, es determinante que todos entiendan y se preocupen del mismo modo por el tema de la seguridad, este unifica.

Si las políticas de seguridad ciudadana han privilegiado su preocupación sólo por la actividad delictiva, particularmente de los robos con violencia, hurtos y diversas formas de agresión...
(Jaramillo, 2002), ha hecho que la seguridad ciudadana se constituya en sinónimo de seguridad pública; y que la definición de amenaza haga alusión solo a la actividad delictiva. Esta aproximación no es inocente e inocua, ella genera profundos efectos en las prácticas sociales y en el modo de construir un diseño de sociedad y sociabilidad que se organiza en torno a este tópico ‐si el principal problema es la actividad delictiva, obviamente el diseño de sociedad que se diagrama responde a ello: un modelo policial de sociedad‐. El discurso de la seguridad se clausura en esto, no estima otros aspectos, menos aún pretende desarrollar observaciones al modelo de sociedad que se construye ni las condiciones materiales de vida como factor determinante de la inseguridad en los sujetos. Al adjudicar a la actividad delictiva este protagonismo, son desplazadas a segundo plano otras preocupaciones de las cuales la seguridad ciudadana no se hace cargo, como el temor como imposibilidad de acceso a un sistema de salud, educación, o empleo, por ejemplo. Como política, la seguridad ciudadana no ha dejado de incidir en el como se lleva a cabo una determinada construcción de orden en nuestro tiempo, en la cual, el problema central no lo constituirá el modelo económico‐social o las condiciones materiales de vida generadas por este, sino más bien el problema lo determina el cómo se administran y mantienen a distancia todos los aspectos residuales del mismo, en este caso la marginalidad, y la delincuencia como mimesis de la misma.

Ante esta situación, la gran pregunta que uno se debe hacer: ¿ a qué le tengo temor dentro de este marco? Difícil respuesta. Uno ante el modelo quiere desarrollar un acomodo y teme estar fuera, pero ante sus aspectos residuales prefiere tomar distancia por la amenaza que representan. En este sentido, el orden que se instituye ha significado la seguridad casi como matriz de integración y adaptabilidad posible al diseño de orden y sociabilidad que se construye. Por otra parte, como lo residual es interpretado como carencia y negatividad, de suyo la marginalidad esta poblada de figuras que nacen de ausencias: ausencia de norma, ausencia de trabajo, ausencia de educación, ausencia de familia, ausencia de recursos, ausencia de valores, ausencia de integración, por nombrar algunos. De acuerdo a esta lógica, no se puede esperar nada favorable de quién no posea este capital ya que ocupa por ello el lugar de lo residual, estas ausencias configuraran su fisonomía, y de antemano su lugar social.

Por otra parte, esa diferencia será representativa de lo que uno puede llegar a ser si no se integra adecuadamente al modelo y esto también es generador de temor, por tanto, el miedo tendrá otra arista que no es provocada solo por lo residual; uno siente temor si se ve afectado por la actividad delictiva –sin ninguna duda‐, y uno siente temor si no tiene las posibilidades de integrarse adecuadamente al modelo económico‐social. En ambos casos siempre el temor nos hace referencia a la pérdida de esa seguridad que cada uno construye a partir de aspectos materiales como la vida, la propiedad, el trabajo, el vínculo social o de la integración. La adecuada administración del miedo por cuenta de las políticas de seguridad ciudadana a hecho que sólo sea un factor el que nos lo desencadena, ser afectado por la objetivación de lo residual: la delincuencia. Todos los demás aspectos han pasado imperceptibles ocultos tras ese objeto, es decir, las condiciones materiales de vida o la estructura de la desigualdad no poseen una consistencia mayor que la actividad delictual para producir temor en los sujetos.

Para finalizar, es sustancial que una crítica hacia las políticas de seguridad ciudadana sea una crítica al diseño de sociedad y orden que se construye, y que nuestra mirada sobre los miedos no se circunscriba solo a este en tanto emoción‐choque que nos afecta, sino a sus implicancias en la producción de realidad y sus usos políticos. Nuestros temores deberían emerger ante un modelo de sociedad que avanza y profundiza la desigualdad como rasgo característico, ante un diagrama de orden que sobre sus aspectos residuales desarrolla una serie de retóricas sobre las ausencias que están contenidas en ellas para definir un tipo de integración posible, y ante un diseño de sociedad que produce diferencia y la incluye como amenaza. Es sobre estos aspectos que es determinante realizar una tarea crítica...


1 Los conceptos de temor y miedo serán ocupados de manera indistinta en este trabajo, por tanto significarán lo mismo.
2 David Le Breton en su trabajo Las pasiones Ordinarias desarrolla una antropología de las emociones.
3 Pese a toda esta complejidad, es importante destacar que hay reacciones que se privilegian social y culturalmente. Para ejemplificar podemos oponer dos tipos de reacciones que se desatan frente al peligro: la huida o el enfrentamiento. La valoración social y cultural de quién huye es significada como cobardía opuestamente al valor asignado a quienes enfrentan sus temores. Las consecuencias de esto no son menores, e hecho quien es signado como cobarde deja de ser un sujeto confiable, y su posibilidad de integración con sus pares se dificulta en la medida de que es excluido del grupo, entre otras cosas. El respeto a quienes se destacan por su valor es algo que prima en todo tipo de relación social, incluso en la construcción histórica de una comunidad; la figura del martir o del héroe nos hacer referencia a un sujeto que ha vencido el temor sin estimar la derrota como elemento disuacivo. Sobre esta situación es factible generar una lectura guerrera de la sociedad y la cultura que es bastante próxima al fascismo.
4 Trastornos de angustia o crisis de angustia.
5 El concepto de amenaza tiene un parentesco directo con campos definidos en torno a los temas de defensa y seguridad. Una definición instituida y expresada en El Libro Blanco de la Defensa Nacional sobre este concepto, entiende amenaza como las acciones reales o percibidas provocadas, consciente o inconscientemente, por un eventual adversario, a quien se le supone con cierto fundamento la intención y la capacidad para afectar negativamente intereses propios . Tal definición es sumamente ambigua, no acota ni especifica en absoluto qué puede ser identificado como amenaza, por tanto, uno puede suponer que su aplicación se adjunta a los criterios con los cuales un orden instituido nombra aquello que concibe como amenazante para sí. Es en la incertidumbre de no contar con una materia específica para su definición, en donde estarán las condiciones precisas para que su utilización se opere de acuerdo a la construcción de amenaza que un orden instituido ejerza.
6 Deleuze, Gilles; Félix Guattari. 1997. Mil Mesetas. Ediciones Pre‐textos. Valencia, España. El territorio como producto es una marca expresiva... No en el sentido de que esas cualidades pertenecerían a un sujeto, sino en el sentido de que dibujan un territorio que pertenecerá al sujeto que las tiene o las produce. Esas cualidades son firmas... la firma es la marca constituyente de un dominio .
7 Cf. Delumeau, Jean. El Miedo en Occidente. Taurus ediciones. Madrid, 2002. Pág. 34. Si bien en el texto se dan ejemplos para explicar dicho concepto, su utilización en este proyecto se subordina sólo al entendimiento del complejo de Democles como profundo sentimiento de inseguridad.
8 Cf. Derrida Jacques. Fuerza de Ley. Editorial Técnos. Madrid,1997. Pág. 83. En este punto, en el recurso a una fuerza simbólica, entramos de lleno a la crítica sostenida por Jacques Derrida en Fuerza de Ley (1997) a propósito del texto de Walter Benjamín Para una crítica de la violencia (1929). En el centro de la discusión aparece el concepto de Gewalt que significa la coexistencia de poder y violencia. En ese sentido, el cuestionamiento a la violencia se sitúa al interior del orden simbólico del derecho, de la ley, a todas las formas de autoridad; en este aspecto la crítica de la violencia es al mismo tiempo un cuestionamiento al poder.
9 La diagramación de un espacio implica su configuración, en términos simples, la constitución de orden recorre todos los intersticios del cuerpo social, desde un espacio doméstico hasta la planificación territorial, desde enrrejar un pasaje a fin de mantener a todos los desconocidos a raya, hasta la definición de zonas estratégicas de alta peligrosidad en una comuna determinada.
10 Cf. Jaramillo Medina, Andrés. Percepción social de la Delincuencia y Seguridad Ciudadana. División de Seguridad Ciudadana, Gobierno de Chile, Ministerio del Interior. Santiago de Chile. La seguridad interna o pública, se refiere a la necesidad de mantener el orden público y velar por el cumplimiento de las leyes. Esta función recae habitualmente en las fuerzas policiales .

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Bibliografía

Balandier, Georges. 1994. El poder en escenas. Paidos Ediciones. Buenos Aires.
Baudrillard, Jean. 1991. La transparencia del mal. Editorial Anagrama. Barcelona.
Deleuze, Gilles; Félix Guattari. 1997. Mil Mesetas. Ediciones Pre‐textos. Valencia, España.
Delumeau, Jean. 2002. El Miedo en Occidente. Taurus ediciones. Madrid.
Derrida, Jacques. 1997. Fuerza de Ley. Editorial Técnos. Madrid.
Foucault, Michel. 1998. Vigilar y Castigar. Siglo XXI Editores. Madrid.
Girard, Rene. 1982. El Chivo Expiatorio. Ediciones Anagrama. Barcelona.
Jaramillo, Andrés. 2002. Percepción social de la Delincuencia y Seguridad Ciudadana. División de Seguridad Ciudadana, Gobierno de Chile, Ministerio del Interior. Santiago de Chile.
Pérez, Carlos. 2003. Tolerancia Represiva y Control Social. En: Campos de Interferencia: Subjetividad e Institución. Editorial ARCIS. Santiago.

jueves, abril 30, 2009

Nicolas G. Hayek

Excelencias,
Señoras y señores,
Señor embajador,

Cuando el embajador Boris Lazar me pidió que hiciera uso de la palabra para explicarles a ustedes «por qué la mayoría de los ciudadanos suizos no quiere unirse a la Unión Europea», decidí responder positivamente a su invitación con el objetivo de ayudar a una mejor comprensión entre la Unión Europea y el ciudadano suizo medio y de espíritu constructivo, al que hoy trataré de representar. Les ruego que no interpreten mi exposición como la presentación de un informe científico, sino más bien como un desarrollo de los puntos de vista y de las posiciones de un suizo que forma parte de la mayoría que acabo de mencionar.

En el momento de su creación, en 1957, y durante muchos años, consideré lo que hoy es la Unión Europea como una grandiosa y magnífica realización. Era yo relativamente joven en aquel entonces. Mucho más tarde, Jacques Delors, quien era entonces presidente de la Comisión Europea y un apasionado europeo, me invitaría regularmente a su buró de Bruselas. Allí conversé primeramente con él solo, y posteriormente, con muchos otros europeos, en aquel entonces principalmente industriales y empresarios alemanes y franceses. La conversación abordaba las vías para combatir la competencia japonesa –llamada por entonces «Japan Incorporated», o sea, algo así como Japón SA– sin recurrir a las ayudas de los gobiernos o de la Unión Europea, como hacía la industria relojera suiza, que enfrentaba entonces una encarnizada competencia japonesa. Jacques Delors se refería siempre a mis intervenciones como «La historia del reloj».

En aquellos encuentros, repitió él varias veces que yo, el suizo, era a su modo de ver el más típico y más auténtico de los europeos, por mis conocimientos lingüísticos y por mi profunda comprensión cultural hacia los diferentes empresarios europeos que participaban en aquellos encuentros. El más memorable de dichos encuentros se desarrolló en Evian con los más grandes industriales franceses y alemanes. Fue para mí un suceso inolvidable.

Mi sueño: convertir Europa en un gran Suiza

En aquella época soñábamos –en todo caso, soñaba yo– con ver a Europa convertirse en una gran Suiza. No tanto porque yo creyese que Suiza era el paraíso terrenal, sino porque estaba convencido de que [ese país] representaba –a pesar de numerosas debilidades– la mejor de todas las alternativas posibles para lograr que se abrieran para Europa radiantes perspectivas de futuro, protegiendo a la vez la considerable riqueza de su diversidad y de sus culturas. De hecho, Jean Monnet y Robert Schumann habían declarado al principio: «Suiza representa un modelo para Europa.» Joschka Fischer, Jacques Chirac, Goran Persson, y también Vaclav Havel no han dejado además de repetirlo durante los últimos años. Es una sorprendente casualidad que hoy se cumpla precisamente el 30 aniversario de la muerte del gran europeo que fue Monnet.

Mis contactos con Bruselas se mantuvieron posteriormente, por ejemplo, con Romano Prodi, a quien yo conocía personalmente y quien varias veces solicitó mi opinión en comisiones. La armonización y perfeccionamiento de los sectores económicos y –en parte– financieros no me han decepcionado hasta ahora, aunque la perfección está lejos aún. Las guerras que enfrentaron, y que en parte devastaron, a estas tres grandes naciones europeas, Alemania, Francia y Gran Bretaña, y que sacudieron al resto del mundo, son definitivamente cosa del pasado y es ése el mayor éxito, y el más importante, de la Comunidad Europea.

La UE de hoy: una pesada maquinaria, burocrática y caótica

Desgraciadamente, el proceso de construcción se detuvo de pronto. La UE ya no está construyendo una comunidad fuerte, democrática y pacífica en la que, en todos los sectores importantes de nuestra vida y de nuestra sociedad, cada ciudadano –o por lo menos la mayoría de ellos– compromete su efectividad y acepta dar de sí mismo. En aquella época, la cantidad de Estados era limitada, y aquellas pocas naciones habrían podido edificar un Estado federal parecido a Suiza o a Estados Unidos. Esa evolución se detuvo, porque las interrogantes y problemas que encerraba no eran de fácil solución, ya que implicaban a países y personalidades políticas que no estaban dispuestos a renunciar a una parte importante de su soberanía y, menos aún, de sus privilegios.

En vez de abordar con profundidad los importantes problemas que formaban parte de la evolución de la Unión y las estructuras que había que conformar, se decidió limitarse a la parte superficial de las cosas, incorporando sin embargo el máximo de países… y eso sin consultar con los pueblos que habían creado la Unión para saber si estaban de acuerdo o no. Es evidente que el establishment político se preocupaba, ante todo, por incorporar decenas de millones de personas y gran cantidad de países a una Europa que –con excepción de algunos aspectos políticos– estaba todavía por definir.

La motivación de esos países residía ante todo en las ventajas económicas y financieras que esperaban obtener. Ese tipo de ampliación hubiese podido ser más que bienvenida de haberse instaurado con anterioridad las estructuras de una Europa más o menos federal. Fue en ese momento que se desvanecieron mis esperanzas de ver en un futuro próximo una Europa fuerte, poderosa, democrática y pacífica, una Europa que contribuyera a mejorar la calidad de vida del mundo entero, de nosotros todos.

Vimos entonces a la Unión Europea como una pesada máquina, como una barahúnda burocrática y más o menos caótica de conceptos ideológicos, sociales, económicos y, por un lado, financieros, mientras que todo lo demás se dejaba al azar, en manos de la providencia y de las futuras generaciones. Ciertos es que eso no excluye la posibilidad de que la UE –como la mayor parte de las realizaciones humanas fuera de lo común– resulte ser, en el siglo XXII o en el XXIII, un fantástico éxito, pero yo espero que eso suceda mucho antes, antes del fin de este siglo.
De rodillas ante el ejército de Estados Unidos. ¡Algo que Suiza no puede entender!

La creación del euro constituye un excelente ejemplo de otra realización positiva cuya aplicación, a pesar de su eficacia, ha sido sin embargo parcial. Gran Bretaña, por ejemplo, se negó a entrar en la zona euro, lo cual hubiera podido hacer, mientras que otros que sí querían no disponían de la capacidad económica para hacerlo. Como consecuencia, algunos países de la Unión Europea disponen de una divisa fuerte, pero no todos. Si los países más débiles en el plano financiero tuvieran acceso al euro en esta época de crisis, podrían convertirse en una carga, dado que habrá que apoyarlos. Sin embargo, el euro constituye en sí mismo una de las mejores realizaciones de la Unión y puede ser considerado como un éxito.

¿Qué pasa, sin embargo, con la armonización de decisiones esenciales en materia de política exterior, de defensa y de guerra? Para un ciudadano suizo, es absolutamente inconcebible que una parte de Europa haya podido apoyar sin la menor vacilación la política de la administración Bush y que se haya unido a Estados Unidos en la guerra contra Irak. Gran Bretaña, España y algunos países más enviaron contingentes, bajo las órdenes de un comando estadounidense, mientras que Francia y Alemania se negaron en forma decidida. Para nosotros, fue una prueba perfecta de la debilidad de la política exterior común.

Además, y contrariamente a los deseos de Alemania y Francia, otros firmaron, por ejemplo, acuerdos con Estados Unidos que autorizan a esa nación, o a la OTAN, a desplegar en sus territorios radares o misiles, oficialmente para protegerse de Irán. Rusia estimó que esas instalaciones amenazaban su propio territorio. Los Estados miembros de la UE tampoco lograron llegar a un acuerdo sobre esa importante cuestión. No se ve por ninguna parte la menor huella de una política exterior común. En realidad, es cualquier cosa, y su impacto en nosotros resulta, desgraciadamente, muy débil.

Ningún país ha organizado tantos escrutinios sobre Europa como Suiza

La Unión Europea y todos los grandes países democráticos que la componen hubieran podido crear un sistema fuerte, si ésta [la UE. NdT.] hubiese logrado llegar a un consenso, definir claramente el camino que quería seguir en Europa y en el mundo y si se hubiese fijado los objetivos que quería alcanzar en todas sus tareas importantes: las respuestas que había que dar a las necesidades y los deseos de nuestra sociedad humana, de nuestros sistemas políticos.

La Unión empezó, sin embargo, por ampliar al máximo aquel sistema imperfectamente definido al invitar a diferentes países a unirse a ella –en parte países del Cercano Oriente. La posible adhesión de Turquía significaría que [la Unión Europea] se extiende hasta las fronteras de Siria, Irak e Irán. ¿El objetivo de la UE es acaso abrir sus puertas a una futura Unión europeo-medio-oriental, que sería quizás mucha más poderosa y funcionaría mejor?

No olvidemos que Chipre se encuentra a unos pocos kilómetros del Líbano, donde incontables cruzados europeos encontraron refugio en el pasado. Vayamos un poco más lejos. Se pudiera incorporar todo el Medio Oriente y pacificarlo, ya que así Israel y Palestina formarían parte de la UE. ¡Que magnífico servicio se prestaría así al mundo entero! ¿Existe alguna razón que justifique el poner fin a ese tipo de evolución? Algunos suizos, y también muchos europeos, se plantearon esa interrogante.

Pero, por el momento, pongamos los pies en la tierra. Que yo sepa, la población suiza es una de las mejor informadas sobre el papel y las actividades de la Unión Europea. Tomo como referencia un interesante artículo de Andreas Gross, ciudadano suizo miembro de nuestro Parlamento federal, publicado en el Neue Zurcher Zeitung el pasado 6 de febrero –solamente dos días antes de la aprobación de diversos acuerdos (entre ellos la libre circulación de los nuevos ciudadanos de la UE) por parte del pueblo suizo, que manifestaba así su voluntad de proseguir una política de acuerdos bilaterales, en vez de incorporarse a la UE.
Ha habido, en Suiza, más escrutinios y referendos sobre Europa que en cualquier otro país europeo.
Los pueblos no tuvieron voz ni voto

Durante los últimos decenios, se organizaron en los diferentes países europeos más de 50 escrutinios sobre la Unión Europea. Y sin embargo, los seis miembros fundadores de la Comunidad de 1957 nunca han consultado a sus pueblos sobre el tema de la construcción europea, con excepción de Gran Bretaña, que lo hizo, con éxito, 18 años después, en 1975. En 2005, 48 años después de la fundación, Francia preguntó a sus ciudadanos si aceptaban la Constitución europea. La rechazaron, como posteriormente hicieron los holandeses, en 2006, y finalmente los irlandeses, en 2008. Debido a su sistema de democracia directa, los suizos, al igual que los daneses, son los mejor informados sobre los asuntos europeos. Analicemos ahora por qué la mayoría de los electores suizos se niegan a entrar en esta UE.

Una sociedad amante de la paz y resueltamente opuesta a la violencia física

Fuera de lo que acabamos de decir, ninguna visión clara se desprende de las declaraciones, acuerdos y evoluciones que hasta ahora hemos visto. Nada hay, en los planos social, político, económico y financiero, que incite a los suizos a entrar en la Unión. Por el contrario, se les pediría que aportaran una amplia contribución a los cofres de la UE.

El canciller Helmut Kohl, para quien trabajé en calidad de miembro del comité estratégico industrial para Alemania, me honró en Suiza con una visita privada. Durante aquella visita me dijo: «Nicolas Hayek, usted goza de cierto crédito ante el pueblo suizo. ¿Por qué no nos ayuda usted a convencerlo de incorporarse a la UE?» A lo que respondí: «Señor Canciller, ¿por qué es tan importante para la UE tener a bordo a esta pequeña Suiza de 7 millones y medio de habitantes?» Su respuesta brotó sin vacilación, como una bala: «Porque ustedes tienen muchísimo dinero y nosotros tenemos proyectos en los que utilizarlo.»

La cultura, la mentalidad y la educación suizas desempeñan un papel muy importante en la reacción natural que hoy observamos ante la UE. La sociedad suiza desprecia por completo el poder y la violencia, aún cuando es el poder quien la ejerce. Es una sociedad que ama la paz por sobre todo y es completamente contraria a toda violencia física. No nos gusta mucho, por ejemplo, la concentración de demasiado poder entre las manos de una sola persona o de un solo partido.

Christoph Blocher, de la «Unión Democrática del Centro» es sin dudas el más reciente ejemplo de ello y el más evidente. Su partido cuenta con la mayor cantidad de electores en Suiza. Se le reconocen ampliamente sus cualidades como consejero federal pero, al tratar de acumular demasiado poder individual, firmó –en el momento de su reelección– su propio fracaso en el Consejo Nacional (Cámara del Pueblo) y en el Consejo de los Estados (Cámara de los Cantones).

La libertad individual está por encima de la del Estado

La libertad y la libertad individual de cada cual están inscritas en el alma suiza desde los orígenes del país, en el siglo XIII, mucho antes de que la Revolución Francesa las pusiera en primer plano. La libertad individual del ciudadano es a menudo más importante que la del Estado. Para ser más claro: el Estado tiene que estar al servicio del ciudadano, no el ciudadano al servicio del Estado. La libertad es parte integrante de los principios más importantes para los suizos.

No es casualidad que Voltaire y otros muchos buscaran refugio en Suiza, para poder escribir y hablar libremente. Reside en ello, sin dudas, la base de su vieja tradición de tierra de asilo político y financiero (específicamente en lo tocante al secreto bancario), derecho que tanto aprecian los suizos. Tampoco se puede olvidar que fue un suizo quien fundó la Cruz Roja. Para Henri Dunant resultó insoportable lo que había visto en el campo de batalla de Solferino, en Italia, a finales del siglo XIX.

La Cruz Roja es una típica creación suiza y su considerable influencia se debió a la neutralidad universalmente reconocida de Suiza. Más aún, también se reconoce que Suiza es perfectamente democrática y respetuosa de los derechos humanos.

Permítanme recordarles también que esta minúscula Suiza representa un poder industrial considerable y que dispone de una de las monedas más fuertes del mundo. Es también una potencia financiera que, según todo parece indicar, está llamada a seguir siéndolo en un futuro inmediato, incluso en caso de modificación sustancial de las leyes sobre el secreto bancario o, en el peor de los casos, si éstas llegaran a ser abolidas. Una moneda fuerte y la estabilidad económica, en un clima de neutralidad y profundamente democrático, consolidan la imagen de asilo seguro de la que goza una Suiza que dispone de una industria financiera honesta, libre de todo exceso criminal.

Además, al contrario de otros muchos países (no sólo europeos), Suiza nunca ha tenido tendencia a invadir países extranjeros, ni en África, ni en Asia, ni en América del Sur, ni en ninguna otra parte, para crear colonias. No sólo Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia, España y Portugal, sino también Holanda y Bélgica, han sido potencias coloniales y han ocupado países lejanos durante muchos años. A los suizos nunca les ha parecido atractiva la posesión de colonias, entre otras cosas porque la sociedad suiza y la mentalidad que la caracteriza profesan por principio un auténtico respeto por los derechos humanos, por la integridad y la soberanía de las personas y de las comunidades del mundo entero. Las antiguas potencias coloniales también han respetado los derechos humanos, pero en aquel entonces veían a las colonias de manera diferente.

Es por eso que Suiza, por ser tan respetada, goza de una imagen positiva en los nuevos países emergentes. Lo cual nos lleva a nuestro tipo de democracia. Aunque nuestra cultura coincide ampliamente con la de nuestros vecinos y parientes de Francia, Alemania, Austria e Italia (no hay un suizo que no tenga algún pariente en el resto de Europa), sin ser exactamente la misma, Suiza es neutral desde 1815 y no es miembro ni de la OTAN ni de ninguna otra alianza militar.

El propio contribuyente es quien fija y aprueba los impuestos

Suiza es de los pocos países que han logrado integrar a las minorías sin restricción ni compromiso, dándoles exactamente los mismos derechos y las mismas oportunidades. Tomemos, por ejemplo, la región suiza de Tessin, donde se habla italiano, y veamos cuántos miembros del Consejo Federal provienen de ese cantón. Ustedes se van a sombrar por la cantidad. Sin exagerar, probablemente pudiéramos afirmar que en este momento las minorías a menudo tienen en Suiza más derechos que la mayoría.

Somos partidarios de hablar de discriminación positiva. Otro rasgo de la sociedad suiza es su desinterés por el culto de la personalidad. Los suizos no sienten necesidad de encumbrar a un político, de tener un extraordinario miembro del Consejo Federal. Las personalidades demasiado fuertes se consideran sospechosas. Los suizos prefieren elegir a los ciudadanos inteligentes, experimentados y eficaces, capaces de cumplir con el cargo lo más honestamente posible, que utilicen el dinero de los contribuyentes con prudencia.

Es por eso que nuestros impuestos son generalmente más bajos que en la mayoría de los países vecinos, aunque invertimos tanto como ellos, o incluso más, en nuestras instituciones sociales e infraestructuras. Los suizos hacen uso de su derecho al voto democrático para la adopción de todas las decisiones importantes a nivel comunal, cantonal o nacional. Eso es democracia directa. Es el propio contribuyente quien fija los impuestos y los aprueba. En lo tocante al presupuesto, por ejemplo, disponemos de un sistema de control que funciona bastante bien, aunque no se pueda decir que nada escapa al control o que no existe algún malgasto de fondos. Nosotros también tenemos ese tipo de problemas.

Los miembros del gobierno suizo administran el dinero público como sus propios bienes

Durante toda mi vida profesional critiqué abiertamente ciertos aspectos destructores y/o ilegales del sistema bancario y financiero. También los critiqué repetidamente en mis discursos y en las entrevistas que concedía, en Suiza y en el extranjero. Soy de los suizos que han conservado una sana desconfianza hacia gran parte de la economía financiera mundial en general y, por supuesto, especialmente hacia la que corrientemente se practica en Estados Unidos, Gran Bretaña y Suiza.

Es cierto que hay muchos suizos que no tienen grandes escrúpulos en no reflejar cada detalle de sus ganancias en su declaración de impuestos, algo que tienden a considerar como un delito menor. Los miembros del gobierno suizo, repito, generalmente administran el dinero público como el suyo propio, son ahorrativos. Los suizos no apreciaban en lo absoluto los excesos de los funcionarios y gobernadores que, durante siglos, solo pensaban en sacarle a la gente, mediante los impuestos o por la fuerza, la mayor cantidad de dinero posible para utilizarlo después en detrimento de los intereses de esa misma gente. Estoy pensando, por ejemplo, en Guillermo Tell, el héroe nacional suizo que dio nombre al drama del alemán Federico Schiller.

Es por ello que un, digamos, «olvido» en la declaración de impuestos se considera como una ilegalidad relativamente menor, porque nadie abriga la sospecha que pudiera tratarse de un delito grave, como sucedió recientemente con, por lo menos, un gran banco suizo. Suiza, o por lo menos algunos funcionarios suizos, afirma sin embargo que el porcentaje de fraudes fiscales imputables a los ciudadanos helvéticos es el menos elevado de todos los países industrializados.

El gobierno suizo es uno de los más estables del mundo

Todos los suizos estiman, claro está, que todo fraude fiscal, incluso si los datos han sido olvidados «por comodidad», merece castigo. Por otro lado, la pena debe ser coherente, proporcional al «crimen» y no ser excesiva ni alcanzar proporciones indebidas.

Todos sabemos que en este preciso momento esta cuestión está siendo objeto de grandes controversias. La protección de la esfera privada ante una curiosidad ilimitada por parte del Estado es un bien legítimo que los suizos consideran extremadamente valioso, y no son los únicos. En los últimos tiempos, otros países europeos se han puesto del lado de Suiza en ese combate.

Suiza no sólo ignora el culto de la personalidad en lo tocante a los miembros del gobierno sino que el gobierno suizo no concede ningún tipo de medalla o condecoración como recompensa a proezas particulares de sus ciudadanos. Lo cual no impide que los suizos se sientan orgullosos de las distinciones que les confieren otros gobiernos.

El gobierno suizo es uno de los más estables del mundo. En su seno colaboran prácticamente todos los partidos, lo cual explica su buena aceptación por parte de la población suiza.

Los miembros del gobierno trabajan juntos y, hasta cuando surgen conflictos y divergencias de análisis, es notable su capacidad para llegar a un acuerdo, a un compromiso. A eso le llamamos «concordancia». No siempre funciona como quisiéramos, pero siempre se acaba por llegar a una solución de consenso, democráticamente, aunque sea a veces un poco a pesar de alguien.

Todos respetan las decisiones del pueblo. Todos, repito, incluyendo al miembro del consejo federal o al presidente más suficientes. La moneda suiza es notoriamente fuerte. En materia de dinero, Suiza aplica una disciplina estricta que ha convertido al franco suizo en una de los dos o tres divisas más estables del mundo, e incluso en la que ha gozado de la mayor y más larga estabilidad en la época moderna.

Todos nos sentimos muy iguales

Agreguen a eso un sorprendente talento para negociar y alcanzar un compromiso. Esa aptitud para alcanzar compromisos aceptables para todos, sin dejarnos arrastrar a conflictos internos, es una de las razones fundamentales de la estabilidad de nuestro sistema político y social. Como dije anteriormente, ese comportamiento se manifiesta claramente en nuestro sistema de llamada concordancia.

O en las relaciones con los sindicatos, con los cuales hemos llegado a un acuerdo que permite evitar prácticamente todas las huelgas, destructivas para la economía y molestas para la población. La participación en negociaciones duras, en las que las posiciones iniciales están a kilómetros de distancia, es una experiencia sorprendente. Sin embargo, al cabo de algunas semanas o meses de discusión, todos están más o menos contentos, pero de acuerdo.

Eso nos permite disponer de un ingreso por habitante más alto que la mayoría de los demás países y de un nivel de vida más elevado para casi todos, lo cual crea puentes entre todos los niveles de la sociedad suiza. Uno puede incluso preguntarse si en realidad existen esos niveles. Aunque parezca sorprendente, en Suiza no hay proletariado, no hay grandes diferencias sociales entre la gente. Independientemente del nivel de ganancias de cada cual, todos nos sentimos muy iguales y nos consideramos por igual miembros de nuestra sociedad.

Muchos jóvenes pueden encontrarlo aburrido, pero es importante para la estabilidad y la salud de la nación el saber que en definitiva es inútil recurrir a la violencia para llegar a una solución aceptable.

Los suizos son más abiertos al resto del mundo que la mayoría de los ciudadanos de otros países. Debido a su educación, a su cultura, al hecho de que a menudo hablan varios idiomas y también debido a la reducida extensión del país, una gran mayoría de los suizos viajan lejos y conocen muy bien el resto del mundo. Su excelente comportamiento en el extranjero los hace acreedores de un gran respeto, al igual que su mentalidad y la calidad de su trabajo y de sus productos.
La extrema solidez de la formación profesional, de sus universidades, de sus escuelas de ingenieros y de otras especialidades técnicas, que se basan en la solidaridad con la industria y entre las generaciones, la gran maestría de sus artesanos, unidas a una tecnología moderna y a un gran sentido de la belleza y de la calidad, son únicas en el mundo.

Protección social a todos los niveles

Pocos países pueden jactarse de tener un sistema como este tipo de sistema. En Suiza, las estructuras sociales han alcanzado casi la perfección, desde hace muchos años y en casi todos los sectores económicos, desde el artesano que trabaja con el hierro hasta el plomero, desde el carpintero hasta el pastelero, todos gozan de gran reputación por la «calidad suiza» de su trabajo. Las universidades suizas están entre las mejores del mundo, como las escuelas politécnicas de Zurich y Lausana, así como las universidades de Berna, Basilea, Ginebra y Lausana (sede de la Fundación Jean Monnet para Europa), de Neuchatel, Friburgo, Lugano, Zurich, etc. Suiza cuenta también con la mayor cantidad de premios Nóbel, en relación con su cantidad de habitantes.

Además, el ejército suizo funciona según el sistema de la milicia, un principio que también se aplica en política: en algunos pequeños cantones, un funcionario tiene un trabajo que realiza, no a tiempo completo, sino en el tiempo que le dejan libres sus ocupaciones como ministro. Y, cosa sorprendente, un miembro del ejército tiene derecho a tener en su casa su arma reglamentaria. Eso fortalece el sentimiento de seguridad del pueblo suizo y sus lazos con su ejército. El derecho a tener el arma en el domicilio es sin embargo un tema en debate en este momento, y es posible que eso cambie. Ya veremos.

Suiza es una comunidad muy moderna y en casi cualquier rincón de su territorio montañoso encontramos las mismas infraestructuras modernas que en cualquier otro lugar. La protección social está presente a todos los niveles, y nuestros seguros por enfermedad o invalidez están entre los más eficaces del mundo.

Y, ya que estoy hablando de las infraestructuras suizas, no podría dejar de mencionar la gran reputación de sus hospitales, sus trenes casi siempre puntuales y sus centros de investigación y de desarrollo de alto nivel, verdaderos templos de la ciencia. Tengo que mencionar también la limpieza del medio ambiente, prueba del gran respeto que sienten los suizos por la ecología, por la belleza de los paisajes y por nuestra Madre Naturaleza.

Suiza cuenta con el más alto porcentaje de extranjeros

Todas esas razones, junto a la absoluta neutralidad de Suiza, llevaron a las Naciones Unidas y a gran número de organizaciones internacionales a establecer su sede en Suiza. El Comité Olímpico Internacional, la FIFA, la Federación Internacional de Remo, el CICR [Comité Internacional de la Cruz Roja. NdT.], el centro de investigación nuclear del CERN, y muchos otros organismos han escogido la neutralidad y la seguridad que les ofrece Suiza para instalar su cuartel general en este país, al igual que alrededor de 1 600 000 extranjeros que aquí viven, felices y en paz.

Suiza cuenta con uno de los porcentajes de extranjeros más elevados, si no es el más alto, de toda Europa. Más de uno de cada 5 habitantes de este país es extranjero, en su mayoría europeos. Este porcentaje está en constante aumento, en gran parte sin dudas debido a la calidad de vida y al elevado nivel de vida. [Ese porcentaje] no incluye a los numerosos «fronterizos» que cruzan diariamente nuestras fronteras con Francia, Alemania, Austria e Italia para venir a trabajar a Suiza.

Suiza se creó en el siglo XIII mediante la unión de tres cantones, a los que con el tiempo se fueron uniendo otros 23. Durante siglos han mantenido una soberanía fuerte a nivel cantonal. Como ustedes saben, el gobierno suizo tiene poco poder, comparado con otros países, aunque se ocupa de la política exterior, de la defensa, de las infraestructuras y de otros aspectos importantes de nuestra vida. Pero a los suizos no les gusta un poder central demasiado fuerte, y menos aún si reside en Bruselas, que consideran, con razón, como una institución que constantemente trata de acrecentar su propio poder y su influencia.

Llegar a un compromiso constructivo

Nosotros los suizos, como todos los seres humanos, tenemos numerosas debilidades y está claro que cometemos errores. Pero no tenemos necesidad, ni tiempo, para abordarlos aquí porque a fin de cuentas no tienen verdadero peso en nuestro proceso de decisión en lo tocante a Europa, y tampoco destruyen la dinámica imagen de Suiza, considerada como una verdadera perla.

Integrarnos a Europa en cuerpo y alma implicaría el riesgo de destruir en gran parte esa perla. Eso no beneficiaría a la propia Suiza ni a los pueblos de Europa, y mucho menos al resto del mundo. No hay duda alguna de que Suiza es europea, está situada en el centro mismo de Europa, y nadie, ni siquiera los propios suizos, puede arrancarnos de este maravilloso, de este espléndido continente. Es por eso que el comercio entre Suiza y Europa reviste una importancia capital. Compramos a Europa más bienes de los que le vendemos, pero tanto las importaciones como las exportaciones son considerables y absolutamente vitales, como saben todos ustedes. Sería un gran error que uno de los dos socios tratara de chantajear al otro sobre la base de ese intercambio económico tan positivo.

Excelencias, señoras y señores, este es, presentado con franqueza y honestidad –aunque de manera, tengo que confesarlo, unilateral y quizás demasiado positiva–, el punto de vista de un suizo medio y de un europeo motivado.
Díganme ustedes ahora, si ustedes fuesen suizos ¿estarían ustedes tentados a integrarse hoy a la Unión Europea? Sospecho, incluso profundamente, que después de escuchar mi discurso ustedes se negarían sin dudas a aceptar a Suiza en la UE, si este país deseara convertirse en miembro pleno. Pero, mantengámonos abiertos al diálogo. Recuerden que siempre existe la posibilidad de llegar a un compromiso constructivo.


Nicolás G. Hayek,
empresario líbano-suizo, presidente fundador del grupo relojero suizo Swatch.



SE ABRE LA CACERÍA DE CAPITALES

Suiza: obstáculo para la dictadura financiera de la Unión Europea

¿Cómo salir de la crisis financiera? Luchando contra los «paraísos fiscales» que la provocaron, afirman la canciller Angela Merkel y el presidente Barack Obama. Pero, ¿no se trata más bien de empujar los capitales disponibles hacia la Unión Europea y los Estados Unidos para contrarrestar así, con el dinero de los particulares, la bancarrota de esos Estados, esclavos de la finanza internacional?
«Desde el momento que la mayoría de la gente entiende a fondo los engranajes de la estrategia de choque, se hace más difícil tomar desprevenidas a las colectividades locales y desorientarlas. En pocas palabras, resisten a los choques.»
Naomi Klein, in La stratégie du choc. La montée d’un capitalisme du désastre, p. 556.

El 22 de febrero, durante la conferencia de prensa que se desarrolló en Berlín después de la preparación del G20 para la cumbre de la Unión Europea, el primer ministro británico Gordon Brown hizo una sorprendente observación: «Necesitamos un “New Deal” mundial […]».
Y, concretamente: «Estamos concientes de que, en las esferas por donde pasan flujos financieros mundiales, no resolveremos el problema con autoridades meramente nacionales, sino que necesitamos autoridades e instancias mundiales de vigilancia, que velen por que las instituciones financieras que operan en el mercado nos comuniquen todo lo que hacen.» Gordon Brown no dijo exactamente lo que estaba pensando.
Pero el economista Wilhelm Henkel, uno de los promotores del recurso contra la instauración del euro en Alemania, había dicho ya el 11 de febrero, en entrevista a la publicación Frankfurter Rundschau, lo que se pensaba sobre el tema a nivel de la Unión Europea: «Eso sería el fin de la democracia de los Estados europeos. Un gobierno económico dotado de poderes dictatoriales remplazaría a la constitución y los parlamentos.»

En la conferencia de prensa del 22 de febrero, se le preguntó a la organizadora de la reunión, la canciller alemana Angela Merkel, cuál era para ella el resultado más tangible del encuentro. Respondió: «Al comparar ese resultado con el plan de acción de Washington, se ve más claridad en la persecución de los paraísos fiscales, de las “manchas blancas”, en lo tocante a las instituciones, los productos, pero sobre todo en cuanto a las diversas plazas financieras.» Antes había amenazado: «Tenemos que desarrollar un mecanismo de sanciones contra los que no cooperan, ya sean paraísos fiscales o sectores de operaciones opacas. La acción debe ser muy concreta.

Pensamos que de aquí al 2 de abril, pero también puede ser de aquí al encuentro de ministros de Finanzas, hay que hacer listas en las que se vea bien quién se ha negado hasta ese momento, a participar en esa cooperación internacional.» Y el hombre de la maniobras sucias, el presidente Sarkozy, se hizo eco: «No permitiremos que nada ni nadie impida la realización de las ambiciones de la cumbre del 2 de abril (G20 de Londres, dedicada a la crisis financiera), ya que son de alcance histórico. Si logramos coronar con éxito esa cumbre, abriremos un nuevo capítulo.»

Steg, vocero del gobierno alemán, anunció ese mismo día, como resultado de la cumbre Berlín, que «todos los mercados financieros tenían que someterse a una vigilancia o reglamentación adecuadas» y que «elaboraremos mecanismos de sanción para prevenir mejor los peligros provenientes de los países que no están dispuestos a cooperar, incluyendo a los paraísos fiscales.»

Aunque Suiza no se mencionaba en ninguno de los comunicados oficiales, estaba claro que la cumbre estaba dirigida contra ese país. Así que no fue casualidad que el Frankfurter Rundschau publicara el 23 de febrero el titular «Härtere Strafen für Steuersünder» (aumento de las penas que se aplican a los contribuyentes que tienen problemas con el fisco) acompañado de la imagen de una ciudad y de un bandera suizas. No fue tampoco por casualidad que la estación de radio Deutschlandfunk, vinculada al gobierno alemán, organizó, precisamente el 23 de febrero, una discusión sobre un libro abyectamente titulado «Schurkenstaat Schweiz?» (Suiza, ¿Estado renegado?) en el que se insinúa que es Suiza –no los señores y señoras de la alta finanza de Nueva York y de Londres– quien provocó la crisis financiera mundial.

La realidad es que Suiza molesta. Los grandes patrimonios depositados en ese país suscitan envidia fuera de Suiza, sobre todo entre los establecimientos de la alta finanza que han decidido acrecentar todavía más su propio patrimonio mediante contribuciones fiscales y nuevas reparticiones. Hay que abandonar la idea según la cual el neoliberalismo es lo único que conviene a los intereses monetarios y a las aspiraciones de poderío de la alta finanza al imponer cada vez más desregulación y más privatizaciones y limitar la acción del Estado. Si resulta oportuno, se recurre a otro instrumento. Y parece que ha llegado el momento de hacerlo, lo cual caracteriza el tránsito de la política de Bush a la de Obama.

Los miembros de la alta finanza no tienen ninguna preferencia de principio por determinado régimen político. Lo importante para ellos es acrecentar sus ganancias. Así lo hicieron bajo el capitalismo de Estados Unidos, el comunismo de la Unión Soviética, al igual que bajo el fascismo y el nacional socialismo europeos. La situación sigue siendo la misma hoy en día. Está dicho en el libro de C. Edward Griffin: El engendro de Jekyll Island. La Reserva Federal, institución de emisión de Estados Unidos. El más espantoso monstruo que la alta finanza internacional haya creado jamás [Título traducido a partir de la versión alemana, NdT.]

Esta también se benefició con la acción de Franklin D. Roosevelt, presidente de los Estados Unidos, quien «actuó en interés de la alta finanza a través de son New Deal y de otras leyes promulgadas a partir de 1933». Eso señala el libro de Anthony S. Sutton intitulado Wall Street y Roosevelt [Obra agotada cuya versión numérica puede obtenerse mediante el vínculo que aparece al final de esta página].

Lo que le molesta a la alta finanza son los Estados y los pueblos soberanos cuya evolución política determinan sus propios ciudadanos, al igual que la evolución económica y social.

Así que no nada tiene de sorprendente que haya nacido un instrumento de dominación centralista y dirigista, violento, que interfiere los derechos individuales, autoritario, que acapara las estructuras del Estados y que abusa de ellas para hacerles creer a los pueblos que están ocupando de sus intereses, cuando en realidad se trata de los intereses de unas pocas personas. Es lo contrario de un Estado de derecho y de un Estado social liberal y democrático.

En Europa, ese papel lo desempeña la Unión Europea, bajo la dirección de Angela Merkel. En Estados Unidos, el nuevo presidente, Obama, va a asumir ese papel. Sus proposiciones para resolver la crisis financiera son parecidas a las de la Unión Europea. Pero los ciudadanos no están condenados a padecer a ese monstruo. Por ejemplo, cada alemán que proteste hoy sin vacilación contra los ataques arbitrarios que sus vecinos suizos están sufriendo bajo la dirección de Alemania y contra el papel de chivo expiatorio que se quiere endilgar a esos vecinos estará actuando a favor de la libertad de todos los hombres.

Todos los alemanes pueden preguntarse también quién es el culpable de que su país tenga una cuota de gastos públicos y una carga fiscal considerablemente más elevadas que las de Suiza, una tasa de desempleo tres veces más alta, prestaciones sociales de menor calidad y ciudadanos mucho menos satisfechos. Es posible que ése sea el resultado, en cierta medida, de una política alemana que sigue tratando a los habitantes del país no como ciudadanos de una república, sino como súbditos atados con correa.

Una política que sigue haciendo todo lo posible por desviar la atención de las graves faltas que cometió en el pasado.
por Karl Müller

lunes, abril 27, 2009

PEQUEÑO MANUAL DEL JUEGO DE LOS ENIGMAS


«Caballero: usted cree en profundos misterios, porque es un aficionado. Para un arqueólogo serio, los enigmas no existen.»
Así discurría en la televisión, una noche de 1969, el presidente de la Asociación de Escritores Científicos Franceses. El no es arqueólogo. Es ma­temático. Pero defendía cierto concepto de la cien­cia que es tradicional en nuestro país desde «el siglo de las luces». El hombre, que desciende del mono, sólo fue verdadero animal racional después de la muerte de Luis XVI. Actualmente, puede explicarlo todo, o casi todo.
La persona seria es ahorrativa. La mejor hipótesis es la que utiliza una menor cantidad de imaginación y no destruye el concepto admitido de la mecánica de las cosas. Si las ratas de Noruega van en tropel a ahogarse en las aguas del océano, es porque son miopes y toman por un río el mar en que habrán de sucum­bir. ¡Ah! Esto es científico, porque nos libra de un misterio.
El hecho de entusiasmarnos con la idea de que hay muchas cosas ocultas por descu­brir equivale a hacerse cómplice del oscurantismo. Esta paradoja es el fundamento de cierto «racio­nalismo». En él, hay más fanatismo antirreligioso que razón. En verdad, este racionalismo es un prosaísmo insensato. La seriedad hace carrera en esta insensatez. La inteligencia se aventura. El hombre serio profesa una idea de la ciencia que, al rechazar lo desconocido, desanima a la inves­tigación. La inteligencia considera que no se puede tener una idea de la ciencia y conformarse con ella sin impedir, inmediatamente, su funciona­miento. Si para un arqueólogo serio los enigmas no existen, ¿por qué se dedica a la Arqueología? ¡Triste oficio el suyo! ¡Que insensatez haberlo es­cogido y mantenerse en él! Boucher de Perthes era un aficionado. Y descubrió la Prehistoria. Schlieman era un aficionado. Y descubrió Troya. Hapgood era un aficionado. Y formuló la teoría del desplazamiento de los continentes. Hawkins era un aficionado. Y penetró el secreto de Sto­nehenge. La Naturaleza, que parece carecer de ideología, desdeñó inscribirse en la liga raciona­lista. Todo induce a creer que escribe una historia muy complicada y más bien fantástica, para el uso de personas que son más inteligentes que serias.
Así, pues, señor presidente, ¿cree usted que co­nocemos todo el pasado humano? ¿Es la Arqueo­logía, después de unos cuantos años de excava­ciones, una ciencia completa y cerrada, como lo era la Física en el siglo XIX? ¿No hay la menor po­sibilidad de una revolución en este campo, com­parable a la que produjeron, en física, la radiac­tividad, la relatividad y la mecánica ondulatoria? Permítanos algunas preguntas. ¿Quién las formu­la? ¡Bah! ¡Unos despreciables aficionados! ¿Espe­cialistas en nada? ¡Pues sí! Especialistas en ideas generales. Es ésta una especialidad muy desacre­ditada hoy en día. Tan desacreditada, que casi no nos atreveríamos a formular preguntas si no tu­viésemos en cuenta esta verdad: el hombre que a veces hace muchas preguntas puede parecer imbécil, pero el que no hace ninguna, seguirá siéndolo toda la vida.

Louis Pauwels & Jacques Bergier
La Rebelión de los Brujos

viernes, abril 24, 2009

ALFRED WEGENER_1914


El paleomagnetismo es el estudio de la direc­ción y la intensidad del magnetismo de las rocas. La importancia de esta magnetización estriba en que está orientada en el sentido del campo magné­tico terrestre en la época del enfriamiento. En la roca sedimentaria se halla, pues, contenida la in­dicación de la orientación del campo magnético de la Tierra en un período dado.

Al proseguir en Europa los estudios sobre for­maciones rocosas cada vez más antiguas, se descu­brió que, cuanto más viejas son las rocas, nos dan posiciones del polo magnético más alejadas de la del polo geográfico actual. Ciertas rocas de hace cuatrocientos millones de años nos dan un polo si­tuado en el ecuador. Así, pues, los polos, o los con­tinentes, han cambiado de sitio.

El estudio de las rocas de una misma época en continentes diferentes debería darnos igual posi­ción para el polo. Sin embargo, los experimentos dieron un resultado distinto. en vez de coincidir, los polos paleomagnéticos de América del Norte se inclinan sistemáticamente al oeste de los de Europa. Esto sólo tendría explicación si América del Norte se hubiese desplazado hacia el Oeste, en relación a Europa. Lo cual nos lleva de nuevo a la teoría del deslizamiento de los continentes.

De manera parecida, los antiguos polos de los continentes australes no coinciden con los polos del hemisferio Norte. Pero existe una diferencia: ¡otros elementos permiten suponer que las tierras del hemisferio Sur se separaron más que las del hemisferio Boreal.

Las direcciones de magnetización tomadas de piedras sedimentarias de Africa Central sitúan el polo Sur en la República Sudafricana. Datos análogos observados en Australia sitúan aquel mismo polo, en igual período, en la parte meridional de Australia.
Si estas indicaciones proporcionadas por África y Australia sobre la posición del polo Sur, hace trescientos millones de años, son exactas, Aus­tralia debía encontrarse situada, en aquel entonces, un poco al Norte y junto a la costa este de África del Sur. Eso confirmaría la teoría de que, hace trescientos millones de años, las tierras formaban una sola masa.

viernes, abril 03, 2009

Thomas Coutrot

El trabajo bajo el imperio de las finanzas

En el curso de los años ochenta ha aparecido un nuevo modelo de empresa, cuya emergencia no estaba prevista ni por los teóricos, ni por los administradores. No reconocida verdaderamente como tal, aparece como algo poco presentable para mucha gente. Ese modelo -que aquí llamaremos "neo-liberal", pero que otros llaman "flexible", "patrimonial" (Aglietta) o "financiarizado" (Boyer), lleva hasta el extremo una tendencia espontánea de la organización capitalista del trabajo: la disociación entre la eficacia y la justicia social.
La génesis de un modelo
Sería hacerles demasiado honor a los teóricos del liberalismo creer que tenían ese modelo en la cabeza cuando, a comienzos de los ochenta, definieron la agenda de las políticas del pos-keynesianismo. Su credo se limitaba a una idea: liberar las fuerzas del mercado. Se trataba de echar abajo las reglas, instituciones y garantías que el capital se había visto obligado a conceder inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial. Esas concesiones provisionales -el reconocimiento, al menos de facto, del poder sindical en y fuera de la empresa; la redistribución de los frutos del crecimiento; la seguridad social; el control de los movimientos de capital; el papel decisivo del Estado en la regulación de la economía- habían permitido ciertamente treinta años de crecimiento desigual. Pero también habían conducido a laminar la rentabilidad de las inversiones. La aceleración progresiva de la inflación traducía el esfuerzo cada vez más desesperado de las empresas para restaurar sus márgenes. El viraje representado por Margaret Thatcher y Ronald Reagan consistió, esencialmente, en provocar una recesión brutal gracias a un alza inaudita de las tasas de interés y en desmantelar rápidamente todos las trabas impuestas a la libre circulación de los capitales. El objetivo consciente no era otro que restablecer una relación de fuerzas favorable al capital para reducir el coste del trabajo, incrementar la rentabilidad y relanzar las inversiones. Por añadidura, se esperaba el crecimiento y el empleo. Enfrentados en el mismo momento al avance en potencia de los competidores japoneses, los jefes de empresa occidentales buscaron en primer lugar imitarles. Misiones de estudio y obras especializadas sobre el "modelo japonés" se multiplicaron a lo largo de los años ochenta, para comprender el secreto de "la máquina que ha cambiado el mundo" (título de una célebre obra sobre el modelo japonés). Kanban, kaizen y círculos de calidad proliferaron en los discursos y también en los talleres. Los especialistas de la gestión cantaban los méritos de la "producción justa" (se produce lo que se demanda de antemano), sin stocks ni pérdidas. Los responsables de recursos humanos hablaban sobre la "cultura de empresa" y el "proyecto compartido". Muchos sociólogos anunciaban la emergencia de la "empresa comunidad", y los economistas discernían "un nuevo compromiso social". El "nuevo modelo productivo" estaría dotado de cuatro rasgos principales: "descentralización de la producción", "puesta en común de la pericia", "salarios cualificados y adaptables" y "relaciones de trabajo cooperativas y que favorezcan la innovación". La nueva relación salarial se caracterizaría, como la japonesa, por "un compromiso a largo plazo entre dirección y asalariados": competencia y lealtad a cambio de una estabilidad en el empleo y/o una redistribución de los resultados financieros de la empresa". Algunas grandes empresas, dotadas a la vez (las dos cosas van a menudo unidas) de direcciones con un espíritu abierto y de sindicatos fuertemente implantados, se lanzaron en pos de ambiciosos programas de renovación de su organización y de sus relaciones sociales: ese fue el caso, por ejemplo, de General Motors con la fábrica Saturn en los Estados Unidos, o en Francia de Renault ("el acuerdo de por vida") o de Usinor-Sacilor. Sin embargo, la mayor parte de las empresas reales no importaron más que ciertos elementos de la panoplia japonesa. Ciertamente, en los talleres y las oficinas, la descentralización de la organización del trabajo lleva a los asalariados a trabajar directamente bajo la influencia directa de los clientes, según los principios de "justo-a-tiempo": no se produce más que lo que ya está vendido. También es verdad que las clasificaciones rígidas saltan por los aires, la polivalencia y el autocontrol de la calidad se extiende, la movilidad de los asalariados entre servicios se desarrolla, el trabajo se convierte en algo más colectivo. Incluso es verdad también que los asalariados cobran flexibilidad, gracias al aumento de su interés por los resultados de la empresa. Pero dos aspectos fundamentales del modelo faltan a la llamada. En primer lugar, las empresas no se financian por medio de bancos, compañeros fieles y estables. Por el contrario, (...) hacen un llamamiento a los mercados financieros, anónimos y volátiles. Estos últimos -volveremos sobre ello- casi no proveen en realidad de capitales nuevos, los beneficios restablecidos bastan para financiar la inversión constante en la mayoría de los casos. Pero sí que instauran nuevas disciplinas, porque sus exigencias son infinitamente más elevadas que las de los banqueros tradicionales: la liberalización de los movimientos de capital les otorga una fluidez inédita, que les permite reaccionar rápidamente si están insatisfechos con la gestión de una empresa. Luego -y correlativamente-, el empleo de por vida está fuera de cuestión, y también el empleo estable: la nueva norma es el empleo precario, con la espada de Damocles del despido a punto de caer permanentemente sobre la cabeza. En Francia, fue la recesión de 1993 la que disipó las ilusiones; la brutalidad de los despidos no tuvo precedentes, aunque los beneficios de las empresas no disminuyeron prácticamente nada. Hasta los años ochenta era sobre todo la remuneración del capital la que encajaba las crisis coyunturales. Cuando las cosas iban mal, las direcciones dudaban en despedir, por miedo a los conflictos sociales. A partir de los años ochenta, es la masa salarial la que debe sufrir los costes de los ajustes: las exigencias de los accionistas están antes que los intereses y el empleo de los asalariados. Después, año tras año, las empresas, incluso las florecientes, han experimentado una sucesión de planos sociales. En este fin de siglo, el 75% de los contratos tienen duración determinada (CDD) o son contratos de interinos. En cuanto a los asalariados estables, todavía permanecen ciertamente mayoritarios en las empresas (59% de los asalariados tienen más de cinco años de antigüedad), pero constatan la precariedad de su situación asistiendo, impotentes, a los golpes que la precariedad reparte en torno a ellos.

La mundialización financiera

El modelo productivo emergente saca su fuerza de la mundialización financiera. Se dice a menudo que la mundialización ha resultado de manera ineluctable del progreso de las tecnologías de la información, que permiten la transferencia instantánea de sumas colosales de un punto del planeta a otro. En realidad, si la tecnología ha jugado un papel, éste es -como ocurre a menudo- un papel permisivo: indiscutiblemente la tecnología ha dado alas más poderosas a las financias. Pero son los políticos quienes han liberado esas alas de los lazos que las trababan. "Han hecho falta más de dos siglos, tras el escándalo de Law hasta las medidas establecidas tras la gran ola de hundimientos bancarios en los años treinta, para crear un conjunto de reglas que sujetasen la actividad financiera lo más firmemente posible. Han bastado veinte años para echarlas abajo" (Chesnais).
Hasta los años setenta, los mercados financieros internacionales, de acciones, de obligaciones y divisas, estaban controlados por instituciones nacionales (bancos centrales y del tesoro) en el marco de los acuerdos de Bretton Woods. Las multinacionales, después los países productores de petroleo, encontraron cómodo, en el curso de los años setenta, desarrollar un mercado financiero directamente internacional, que escapase al control de la banca central americana, el mercado de los "eurodollars". Todo basculó al comienzo de los años ochenta, cuando el gobierno Reagan decidió financiar su enorme déficit presupuestario recurriendo a ese mercado internacional. Desde entonces, por convicción política, pero también para convencer a los inversores de que alimentasen sus necesidades, el gobierno americano emprende la liberalización de los movimientos de capitales. Los impuestos, los controles sobre los intercambios, las reservas obligatorias, los acuerdos necesarios al lanzamiento de intrumentos financieros nuevos, todos esos elementos de regulación que no existían sobre los mercados de eurodollars fueron entonces suprimidos en los mercados financieros británicos y americanos. Los otros países industrializados fueron progresivamente conducidos a imitar el ejemplo anglosajón antes de que el FMI se encargase de imponerlo en todo el planeta. Resultado de decisiones políticas facilitadas por innovaciones tecnológicas, la mundialización financiera desestabilizaría finalmente, no sólo el mundo de las finanzas, sino la misma esfera productiva. La nueva libertad entregada a los actores financieros provocó un crecimiento fantástico de sus actividades: las financias se convirtieron de lejos en la rama de la industria más dinámica de la economía capitalista. La inversión de las seguridades reglamentarias y la eclosión total de los mercados provocaron una explosión de los riesgos (sobre las tasas de intercambio, los cursos de las acciones y los productos...) que a su vez hicieron necesarios otros instrumentos financieros para defenderse contra esos riesgos. Es el crecimiento sin precedente de "productos derivados", que no figuran de ningún modo en el balance de las instituciones financieras y agravan el riesgo global que pesa sobre el sistema.

Los asalariados en posición de firmes
Los mercados financieros proveen a todos los actores -accionistas, managers, pero también asalariados- de una medida inmediatamente accesible de la norma de eficacia económica. Es necesario permanentemente "estar en la carrera" o resignarse a desaparecer. Es el mercado financiero, mediante las direcciones financieras de los grupos, quien fija directamente la norma de resultados a obtener a cualquier precio: los asalariados no tienen más opción que conformarse o sufrir el rayo de las reestructuraciones. Como dice Alain Minc, la violencia así ejercida aparece tan natural e inevitable como una calamidad meteorológica: "no sé si los mercados piensan con justicia, pero sé que no se puede pensar contra los mercados. Soy como un campesino al que no le gusta el granizo, pero se acostumbra vivir con él". Así, el mercado financiero fluido es un instrumento poderoso de conocimiento, que permite a los dirigentes fijar a sus asalariados unos objetivos ambiciosos pero realistas: "¿Por qué otros triunfan y no vosotros?". Pero es sobre todo un instrumento disciplinario formidable: "si no llegáis, peor para vosotros". Una amenaza muy creíble: los capitales pueden desplegarse rápidamente, mientras que los trabajadores sufren mucho para encontrar un empleo de calidad en un contexto de paro masivo y/o de precariedad. La norma de rentabilidad no puede ser alcanzada más que si todos los asalariados se consagran en cuerpo y alma. La negociación está de más: sólo la obediencia sin condiciones puede calmar a esa fuerzas extrañas y lejanas. Pero no una obediencia pasiva o reticente, sino una adhesión en todos los momentos a la causa común. En el mismo barco frente a la ley de los mercados, asalariados y dirigentes deben cooperar en buena armonía, desplegar su espíritu de iniciativa y su capacidad de invención, poner en marcha sus "saberes, saber-hacer, saber-estar", valorizar sus competencias. Esa cooperación no proviene de una cultura de empresa, o de valores compartidos, que crearían un lazo y una comunidad de sentido entre dirigentes y dirigidos: está forzada por la presión de los mercados financieros y la precariedad del empleo. La empresa neo-liberal triunfa en el imposible de instaurar una disciplina de (área) que deja márgenes a veces importantes a la creatividad de los asalariados. Esa disciplina no cae directamente del cielo de los mercados financieros sobre la cabeza de los asalariados de base: debe apoyarse sobre dispositivos organizativos sofisticados. Tras los años setenta, las direcciones de las empresas han hilvanado progresivamente métodos de organización flexibles que hoy se revelan particularmente adaptados a la transmisión de mandatos de los mercados financieros desde lo alto hasta lo más bajo de la pirámide. La reducción de la dimensión de las unidades productivas es una estrategia de recibo.

Puertas abiertas a la competencia

Al mismo tiempo que delegan en el mercado algunas de sus actividades consideradas periféricas, los dirigentes de los grupos abren las puertas a las fuerzas de la competencia. Recortan las empresas en filiales, ponen en competencia sus establecimientos, fijan objetivos de rentabilidad a sus talleres, creando así otros tantos centros autónomos de beneficio. La entidad central lanza llamada a ofertas internas para satisfacer tal demanda o tal programa de producción: la empresa o el establecimiento mejor colocado arrastrará el mercado. Para obtener de la dirección del grupo los presupuestos de inversiones que permitan seguir en la carrera, cada establecimiento debe proponer los precios más bajos, los plazos más cortos, las prestaciones más fiables y mejor calidad que los colegas de las otras sucursales del grupo. Así, penetra en los talleres y las oficinas la ardiente obligación de conseguir los máximos resultados financieros. Sabiendo que existen otras competencias, los estados-mayores pueden legítimamente fijar los mismos objetivos sus unidades. Los directores de fábrica practican entonces el bench-marking (la copia, diríamos normalmente) visitando más o menos oficialmente las empresas que supuestamente tienen las "mejores prácticas" por una función o un procedimiento particulares. Y recurren a los consultores, especialistas de la administración por objetivos, del reengineering (reconfiguración) o de cualquier otro método de moda. El reforzamiento del poder central sobre las direcciones locales acrecienta los medios de presión sobre los asalariados: poniendo en competencia a los colectivos de trabajo unos con otros, ese darwinismo interno reduce drásticamente las posibilidades de una acción solidaria del conjunto de esos colectivos, que equilibraría la relación de fuerzas con la dirección general y los accionistas. Así, los asalariados de Renault-Flins pueden esperar beneficiarse de una huelga en Renault-Sandouville, e incluso del cierre de Renault-Vilvorde para ganar "sectores de mercado" interno y mejorar su seguridad en el empleo... a corto plazo.

La nueva fluidez del capital humano

La gestión de los recursos humanos internos está también cada vez más subordinada a la gestión financiera. Políticas de ajuste y de empleo, políticas salariales, políticas de negociación social (cuando es necesario) están al servicio del imperativo supremo: satisfacer las normas que imponen los mercados financieros. La ambición de los dirigentes entonces consiste en alinear la fluidez de los recursos humanos sobre la fluidez de los recursos financieros. Michel Bon, el provocador ejecutivo de France Télècom, ha decidido cuidar su imagen con la ayuda de los nuevos accionistas atraídos por la privatización parcial: creó en 1998 una "direción de recursos humanos y financieros" que anuncia claramente la dirección. La palabra clave es la flexibilidad, entendida en todas sus dimensiones. Las "oficinas nómadas" de Arthur Andersen ilustran esa flexibilidad de forma caricaturesca (...): esa organización refleja la obsesión de los dirigentes, tanto Andersen como los demás, por fluidificar hasta el extremo el proceso de trabajo: suprimir toda redundancia, reconfigurar radicalmente la organización a la menor modificación en las técnicas o los mercados. Esperanza suprema: eliminar la inercia, esa horrible característica humana... Robert Boyer ha popularizado la oposición entre flexibilidad interna y flexibilidad externa. La primera sería positiva y favorable para los resultados a largo plazo: aceptando la polivalencia entre funciones cualificadas, la movilidad interna entre servicios y establecimientos, la formación continua y la progresión de carrera por el mérito, los asalariados y las empresas se comprometerían en una dinámica de construcción de competencias colectivas y de responsabilidad por la calidad. Por el contrario, la flexibilidad externa, que pretende ante todo la reducción de los costes mediante la compresión de la masa salarial, favorecerían los ajustes a corto plazo (despidos, contratos precarios) y minaría la capacidad de innovación. Esa oposición debe hoy ser relativizada. (...) Las empresas punta presentes en el mercado mundial están sometidas a la vez a presiones muy fuertes sobre los costes y a exigencias de calidad y de innovación. Así, practican a la vez la flexibilidad externa -precariedad, etc.- y la flexibilidad interna -polivalencia, equipos autónomos, formación... El número de empleo precarios no deja de aumentar. Ciertamente, los precarios y los interinos no representaban en 1998 más que un 10% de los asalariados, pero la progresión es rápida, de manera que la mayor parte de los contratos son precarios. Y los contratos individuales no es de ningún modo una garantía de empleo duradero; el despido individual no está prácticamente sometido a ninguna restricción (como no sea la obligación de pagar las indemnizaciones legales). La sucesión de los precarios en la mayor parte de las empresas es un poderoso instrumento de flexibilización de los restantes asalariados. Los grupos franceses con las políticas sociales más avanzadas -Péchiney, Danone o Renault- se han convertido sin muchos remordimientos a los nuevos principios de gestión flexible de los recursos humanos.

La organización neo-liberal del trabajo: la autonomía controlada.

Los nuevos modos de organización del trabajo se revelan de hecho notablemente adaptados a la dominación de los criterios financieros. Al comienzo de los años setenta, la organización jerárquica y rígida típica del taylorismo y del fordismo se había convertido en un obstáculo para la competitividad, que pedía más capacidad de reacción para asegurar la satisfacción del cliente. Pero esa rigidez era necesaria para mantener el control sobre los trabajadores fuertemente organizados, en una época en la que el paro no daba ningún miedo. El hallazgo del modelo neo-liberal consiste en haber liberado la organización del trabajo profundizando en la dominación sobre los trabajadores. Los primeros equipos autónomos de producción florecieron en los años setenta para "revalorizar el trabajo manual", como se decía en la época de Giscard. Se trataba de devolver un sentido al trabajo, a la vez para limitar las frustraciones, fuente de conflictos, experimentadas por los OS (obreros simples) y las víctimas de la parcelación, y para mejorar las ganancias de la producción movilizando en mayor medida la inteligencia de los trabajadores. Ciertas empresas habían anticipado las tendencias actuales desde los años sesenta: así, ATT había reorganizado sus reservas de empleados con el fin de dejarles más autonomía en la respuesta a la clientela. El debilitamiento de la prescripción de tareas necesita de la confianza de los asalariados, pero de una confianza "muy relativa, porque la libertad otorgada al obrero en la ejecución de la tarea está delimitada estrictamente por las necesidades del mercado. Es la demanda de los clientes la que impone el ritmo de trabajo" (Pignon y Querzola). Esas experiencias permanecieron aisladas hasta la mitad de los años ochenta. Es entonces cuando, bajo la influencia sobre todo del modelo japonés, se desarrollan las reorganizaciones "centrífugas": círculos de calidad, equipos autónomos, grupos de proyecto, etc. La dimensión colectiva y la autonomía de los operadores de base son, no solamente toleradas como en el pasado, sino explícitamente glorificadas. El término americano de empowerment -intraducible al castellano, pero que implica una devolución del poder al trabajador de base- expresa particularmente bien la naturaleza de esa apuesta de los administradores. Porque se trata desde luego de una apuesta: ¿cómo delegar el poder sin perder el control? Los dirigentes prueban para esto dos caminos, no necesariamente excluyentes: la estandarización de los procedimientos y la de los resultados. Estandarización de los procedimientos, no de los procesos; así las normas de calidad, como ISO 9000, que se convierten en algo casi obligatorio para los trabajadores encargados, no pretenden imponerles gestos precisos o tiempos determinados a los operadores: se trata sobre todo de obligarles a rellenar formularios y a respetar los procedimientos que permiten, en caso de incidente y reclamación, identificar exactamente la causa del problema y las responsabilidades. Esto es particularmente necesario cuando la empresa trabaja sin ningún stock de reserva, sometida a una tensión extrema ejercida por los clientes. Esa obligación de hacer lo posible para permitir el "rastreamiento" recuerda mucho a la exigencia de transparencia que los accionistas imponen a los administradores: tanto en un caso como en otro, nada debe escapar a la mirada del amo. Si los accionistas exigen informes trimestrales o mensuales a los administradores, los managers someten a menudo a los operadores a evaluaciones semanales o cotidianas de los resultados colectivos. Así, en DHL, el líder de la entrega rápida, un manager declara que "yo pido cuentas sobre los resultados, no sobre el estilo de la ejecución". El periodista observa sin embargo "la verdadera minuciosidad del informe mensual que hace llegar a la cúspide jerárquica". A parte de los indicadores clásicos financieros y de recursos humanos (absentismo, turn-over, "estado de ánimo general"), provee de 20 a 25 datos sobre la calidad del servicio: tasas de resultados sobre las entregas antes de las 9 horas, antes de la 10.30 y antes de mediodía, gran número de informaciones transmitidas cada hora en la red, control sobre las facturas rellenadas, etc. Todos estos criterios entran en el cálculo de su remuneración mensual". De todas formas, este vía no es practicada más que para las actividades o los productos que pueden ser estandarizados y formalizados. Cuando la competencia exige la innovación o la calidad en condiciones profundamente imprevisibles, el respeto por procedimientos estrictos (que tiene siempre un precio) y por los indicadores predefinidos se convierte en un handicap. La otra vía es entonces la estandarización de los resultados bajo el imperio de las finanzas. Los equipos autónomos y grupos de proyecto pueden florecer, controlando ampliamente sus métodos de trabajo, pero aguijoneados sin cesar por los objetivos y las obligaciones de los informes de resultados impuestos desde lo alto. Así, los constructores de automóviles, o los grupos internos de proyecto, son obligados a observar plazos y objetivos precisos (un coste global que no puede superar tal pieza o un conjunto de piezas) y luego son "libres" para organizarse como les parezca. Las direcciones de empresa obtienen de sus asalariados lo mejor de sus capacidades creadoras jugando con el miedo al paro. De todas formas, los asalariados más cualificados, los que poseen las competencias claves para la empresa, no están sometidos a la misma precariedad que los que no ocupan más que funciones anexas menos estratégicas: la dualidad entre un núcleo duro fiel, altamente cualificado e integrado a la empresa, y una periferia inestable es hoy día un rasgo general, con diversos grados. Sin embargo, incluso los asalariados del núcleo duro están sometidos a una gestión individualizada de las carreras que hace creíble la amenaza de expulsión en el caso de que los resultados obtenidos sean muy decepcionantes... Los equipos autónomos de producción y los grupos de proyecto todavía son minoritarios en las empresas francesas, marcadas por un neo-fordismo profundamente enraizado. La mayoría de empresas se contenta todavía con desarrollar una polivalencia poco cualificada, ampliando por ejemplo las operaciones elementales de mantenimiento o favoreciendo las rotaciones entre puestos para facilitar el reemplazamiento mutuo de los asalariados en caso de imprevisto. No obstante, la presión de la jerarquía directa se ha relajado con respecto a los años sesenta, el número de niveles jerárquicos se ha reducido, las relaciones de trabajo se han suavizado: no se dirige a un obrero bachiller como se dirige a un inmigrante iletrado. Lo que la autoridad del jefe no puede ya hacer, lo hace ahora la autoridad de los clientes y de los mercados: la autonomía es, por una astucia de la historia, la última solución al eterno problema del control capitalista del trabajo. Los procedimientos de organización y de control del trabajo han reforzado formidablemente el poder de los grandes managers con respecto a los asalariados y los cuadros intermedios. Pero el avance simultáneo del "gobierno de empresa" (la corporate governance) significa una pérdida decisiva de autonomía de esos managers en favor de los accionistas. Los cuadros dirigentes pueden sacar un cierto poder de su papel de intermediarios entre los intereses contradictorios de accionistas y los de los asalariados. El "gobierno de empresa" pretende arrebatarles ese poder sometiéndoles al control y al juicio permanente de los consejos de administración. (...)

Los misterios de la cooperación productiva

Las metamorfosis de la cooperación productiva: Marx y Engels han descrito las formas primitivas de la fábrica capitalista, que incorporaba y trituraba hombres, mujeres y niños en un "mecanismo muerto que existe independientemente de ellos". En ese régimen de movilización, los patrones se baten sobre mercados en competencia y buscan los costes más bajos posibles; una organización del trabajo casi militar reduce a los obreros a simples apéndices de las máquinas; la miseria extrema y la atomización de los trabajadores hacen casi imposible toda acción colectiva. La cooperación se reduce entonces a la coordinación por la autoridad del patrón -y así la entendía Marx. Michael Buwaroy, en su obra clave, Políticas de producción, llama a ese régimen "despotismo del mercado". Pero la amplitud de las luchas obreras y la intervención de filántropos alcanzan una elaboración del derecho al trabajo que limita la arbitrariedad patronal. Sobre todo, los patrones buscan la mano de obra estable y previsible que necesitan. A finales del siglo XIX, algunos grandes patrones ponen en marcha políticas de integración de los trabajadores mediante dispositivos paternalistas fuertemente sofisticados. Así, Schneider se hacía cargo de sus obreros desde la cuna hasta la tumba, en lo que constituía un verdadero feudalismo capitalista. La empresa paternalista funciona reproduciendo metafóricamente el modelo familiar: las relaciones de trabajo se fundan sobre un control simple de naturaleza autoritaria atemperada por la familiaridad; la relación de empleo se da a largo plazo. El pequeño número de asalariados y sus estrechos lazos con el patrón impiden evidentemente toda organización colectiva -que de todas formas sería inútil porque la resolución de tensiones eventuales se opera por ajustamiento directo. La pequeña dimensión de las unidades de producción -regla general, pero no universal- implica en principio mercados competitivos; pero la competencia está atemperada, incluso anulada, por los lazos de fidelidad, de confianza, o simplemente de costumbre, que pueden establecerse entre la empresa y los clientes por la repetición de interacciones de proximidad. La empresa japonesa representa una forma particular de paternalismo, adaptada a grandes empresas dotadas de trabajadores altamente cualificados: el régimen "toyotista". La integración reposa ciertamente sobre una familiaridad buscada entre los asalariados, y entre los asalariados y los dirigentes. Pero esto no basta: ciertas instituciones específicas vienen a garantizar la adhesión de los asalariados. En primer lugar, el sindicato de empresa, cuyos responsables son considerados como miembros de la jerarquía que velan por un tratamiento igualitario de los asalariados. Esos sindicatos caseros resultan del aniquilamiento, tras violentos conflictos en los años cincuenta, de los sindicatos combativos, a veces cercanos al PC. Luego, la dirección de personal, que va a organizar cuidadosamente la movilidad de los asalariados en la empresa: se trata de evitar que el trabajador se identifique con su taller o con un grupo de compañeros, y de conseguir que se identifique a la empresa mediante una perspectiva de conjunto. Los trabajadores más fervorosos y más cooperativos serán recompensados con promociones más rápidas, las ovejas negras serán excluidas. Le será difícil a un despedido de una gran empresa, así estigmatizado, encontrar de nuevo un empleo equivalente; no le quedará más remedio que contratarse como precario, con un salario reducido, sin protección social y condiciones de trabajo mucho más duras. La "cultura de empresa" japonesa es el resultado, pues, de esta mezcla de políticas integradoras y de amenazas de exclusión: el toyotismo obtiene la adhesión total de los asalariados, gracias al cual las empresas japonesas alcanzan una competitividad que no ha sido desmentida, a pesar de la grave crisis estructural que atraviesa la economía japonesa en su conjunto desde los inicios de los años ochenta. El paternalismo supone asalariados enteramente dependientes de la empresa y, por tanto, poco cualificados o dotados de cualificaciones específicas. Pero a menudo, cuando la competencia se inclina sobre la cualidad de los productos, las necesarias cualificaciones están en parte controladas por los trabajadores: no pueden acceder al estatuto de obrero cualificado más que respetando ciertas reglas, de iniciación y el aprendizaje, dominando igualmente las técnicas y la ética del oficio. En ese régimen, que podemos llamar "profesional", la ética de la cooperación productiva se puede leer en expresiones como "el amor al trabajo bien hecho" o "la obra hermosa": el prestigio y el valor económico que el profesional percibe de su trabajo le son reconocidos en primer lugar por sus compañeros, y solamente después por sus patrones. El "oficio" es un registro de competencias productivas, adquiridas por la acumulación de experiencia o por la formación profesional inicial; pero también evoca la comunidad de compañeros, unidos por una deontología o una ética profesional. Reencontramos aquí la dualidad de la cualificación, indisociablemente técnica y social. Los oficios de antaño podían protegerse a menudo de la competencia exterior por reglas de clausura o de racionamiento del acceso a la cualificación; así los médicos y sus numerus clausus, los closed shop y las reglas rigurosas de aprendizaje... Hoy día, los oficios -enfermeras, informáticos, técnicos de mantenimiento...- reposan en primer lugar sobre diplomas reconocidos ampliamente y que permiten una circulación de profesionales de una empresa a otra. Como los cocineros o los albañiles de antaño (e incluso todavía hoy), los profesionales acrecientan su capital simbólico -su prestigio en el oficio- "enriqueciendo su curriulum vitae". Los patrones se quejan ritualmente de no poder estabilizar a estos asalariados nómadas... Nadie ha expresado mejor esa tensión originaria entre el capital y la cualificación del trabajo que Taylor. A la vuelta del siglo XX, supo personificar y teorizar el esfuerzo general de los patronos para domesticar a esos obreros de oficio que le daban tantos quebraderos de cabeza -en las fábicas y también de vez en cuando en la calle. La estricta separación entre concepción y ejecución, la parcelización de las tareas y el cronometraje pretendían volver a instaurar formas despóticas de mando. Pero con una importante innovación: los beneficios de la productividad así obtenidos debían permitir un crecimiento, moderado pero real, de los salarios. Eso explica que una vez que fueron eliminados los principales sindicatos de oficios (a menudo por la represión), un gran número de sindicatos de industria se pronunciaran a favor de la organización científica del trabajo. En 1915, Henry Ford decidió incluso una importante subida de los salarios para reducir el turn-over y mejorar la producción: sus métodos de trabajo la cadena de armado y la racionalización del trabajo- suponían un mínimo de estabilidad del personal. En los años veinte y treinta, la penetración del taylorismo y del fordismo en Estados Unidos provocaron una homogeneización de la clase obrera y favorecieron la emergencia de un sindicalismo igualitario y combativo. Para contener la contestación obrera en los años treinta, y asegurar el esfuerzo durante la guerra y luego durante la reconstrucción de los años cuarenta, las autoridades políticas organizaron un equilibrio de fuerzas en la fábrica, gracias a una detallada legislación del trabajo que acordaba amplios derechos a los sindicatos en las empresas desde el momento en que fueran reconocidos allí. Lo que se ha llamado a posteriori compromiso fordista reside en un reparto de tareas más o menos explícitas: los patronos organizan el trabajo como creen necesario, respetando algunas reglas equitativas; y los sindicatos reivindican y obtienen un reparto de las ganancias de la productividad. Los años ochenta han mostrado que ese compromiso no era más que un armisticio provisional: los patrones se sirvieron de la recesión y del paro para debilitar y eliminar a los sindicatos allí donde pudieron. La cooperación productiva en el régimen fordista reside, como hemos visto, en la dicotomía entre trabajo prescrito y trabajo real. La dirección establece reglas de trabajo detalladas, que supuestamente son suficientes para obtener la eficacia deseada, pero no pueden serlo en concreto. Los trabajadores se las arreglan, más o menos clandestinamente, para limitar las presiones que impone la organización oficial y para superar su ineficacia. Los colectivos de trabajo despliegan su ingenio a la vez para resistir y producir. Hasta finales de los años sesenta, el balance era más beneficioso para los empresarios; pero con el avance del pleno empleo y de los salarios, el equilibrio se rompe. Las resistencias a la intensificación del trabajo se multiplican, y la productividad se ralentiza. La crisis de los años sesenta convence a los empresarios de la necesidad de una revisión completa del compromiso. Comienza entonces la elaboración progresiva y empírica del modelo de la empresa neo-liberal.

El régimen neo-liberal no es un compromiso social

Este breve panorama teórico e histórico de la cooperación productiva ilustra bastante bien el carácter sin duda radicalmente nuevo del régimen neo-liberal. Hasta el presente, la distinción propuesta por Buwaroy entre "regímenes de producción despóticos" y "regímenes de producción hegemónicos" era aclaratoria. Los regímenes despóticos (como la fábrica primitiva de la revolución industrial o el ultrataylorismo que todavía encontramos hoy en los países del Sur) obtiene la productividad por la doble presión de la disciplina en la fábrica y del mercado en el exterior. Pero estos regímenes no son viables en Estados sociales democráticos, donde los trabajadores pueden recurrir a las leyes del trabajo y a instituciones de protección social. La pura violencia no es entonces operativa, y se hace indispensable para el capital encontrar una forma de consentimiento de los trabajadores a su propia explotación. Los recursos a la motivación monetaria individual son crónicamente insuficientes, debido a la naturaleza colectiva y aleatoria del trabajo; y además, para ser competitiva, la empresa tiene necesidad de asalaridos atentos y creativos. La cooperación productiva se apoya entonces en el deseo de reconocimiento de los asalariados en el seno de sus colectivos de trabajo. Los perfiles de estos últimos son variables: empresa/familia (régimen paternalista o toyotista), oficio (régimen profesional), taller (régimen fordista). Pero en ninguna parte la pura racionalidad instrumental es absolutamente suficiente para obtener de los asalariados los resultados requeridos. Cada régimen de producción hegemónica supone una articulación entre la presión de los mercados y, en la empresa, el juego de la autoridad, de las incitaciones materiales o simbólicas. Eso explica que todos esos regímenes puedan ser descritos como compromisos sociales: el capital se las tiene que componer con los colectivos de trabajo. Para que éstos funcionen, es preciso, en una cierta medida, respetar su propia lógica. En la empresa paternalista, el patrón debe tomar el cuidado de sus obreros, que son como niños. En el taller fordista, la regulación autónoma (la participación clandestina de los trabajadores en la eficacia de la organización) es también fuente potencial de resistencias y conflictos. Pero la empresa neo-liberal parece hacer caer esa obligación. Se parece a un régimen despótico en la formidable coerción que pesa sobre los asalariados: los mercados, el paro y/o la precariedad masiva. Pero sobre todo, parece haber encontrado el medio de arrancar la cooperación sin tolerar la existencia de colectivos estables de trabajo. Sin embargo, el régimen neo-liberal tiene quizá los pies de arcilla. La crisis financiera mundial, que ha eclosionado en Asia en 1997 y que se ha esparcido por el mundo, no es el resultado directo de la corrupción de las élites asiáticas, como afirma el FMI, sino de una crisis masiva y mundial de sobreproducción. (...) Otra debilidad del neo-liberalismo -esta vez micropolítica- reside en el déficit de legitimación de las nuevas formas de dominación en el trabajo. Porque la cooperación forzada es un simulacro de cooperación, arrancada por la violencia de los mercados. Podría revelarse así de frágil, mediante una revelación y una toma de conciencia colectiva, que por ahora ha logrado impedir.
El régimen de crecimiento neo-liberal define una nueva configuración de poderes en la empresa y la sociedad, una nueva división social del trabajo: los mercados financieros mundializados, el poder de los accionistas, la organización en red y la descentralización de la organización del trabajo, la autonomía controlada, la cooperación forzada.

Patologías de la cooperación forzada

Los managers neo-liberales envían a sus subordinados un mensaje contradictorio o, por lo menos, paradójico: ¡sed espontáneos! Dad lo mejor de vosotros mismos, tanto de noche como de día; no contabilizéis vuestras horas o vuestros esfuerzos, desplegad vuestro ingenio y vuestra sonrisa. Si nuestros medios nos lo permiten, os mantendremos entre nosotros el año que viene... Una gran firma de servicios informáticos anunciaba en París, con ocasión de un gran plan de reclutamiento: "¡se buscan 1000 informáticos felices!" Que los malhumorados y los enfermos se queden en su casa, no les necesitamos... En cuanto a los "felices" titulares de un empleo, sus objetivos individuales y colectivos serán ajustados a la alta cada año, incluso cada trimestre, mientras que la empresa les reducirá los medios materiales y humanos para comprimir los costes. Las exigencias de clientes y accionistas, que penetran en el corazón de las oficinas y los talleres, componen cada vez más el ritmo de los asalariados. Resultado: falta de tiempo, stress, sensación de sobrecarga mental y física creciente. Entre 1987 y 1991, las encuestas del ministerio de trabajo indican una degradación espectacular. Entre 1991 y 1998 la situación se ha agravado aún más, aunque a un ritmo menor. Pero la caza de los tiempos muertos no se ha terminado. La reducción del tiempo de trabajo, primero por la ley de Robien y luego por la ley Aubry sobre las 35 horas, se traduce en muchos casos en una modulación y, por tanto, en una intensificación del trabajo durante los periodos de plena actividad: negociando empresa por empresa, bajo la cuchilla de la competencia, los asalariados no tienen opción. El avance del "sufrimiento del trabajo" viene en gran parte de ahí: carga e intensidad del trabajo se incrementan en el mismo momento en el que se desfondan las referencias y las solidaridades colectivas que permitían amortiguar los choques y que daban sentido a la vida en el trabajo. La movilidad acrecentada de los equipos, la precariedad de los empleos, el chantaje del paro: esas prácticas de los managers desarrollan el individualismo entre los asalariados, obligándoles a cooperar en la consecución de los objetivos fijados; el empleo se mantiene a ese precio. "Se plantea entonces inevitablemente el problema de la movilización subjetiva de la inteligencia, del ingenio y sobre todo de la cooperación (vertical y horizontal), sin las cuales el proceso de trabajo se paraliza. Los efectos perversos del miedo no tienen, finalmente, un impacto desfavorable sobre la calidad y la productividad" (Dejours). Quizá, pero parece difícil negar que las empresas francesas han hecho grandes progresos en materia de variedad de productos y servicios y de reducción de los plazos. La cooperación de los individuos parece, pues, efectiva y eficaz. ¿Sobre qué resortes se apoya? Las ilusiones sobre la "empresa comunitaria" no están ahora de moda. Hoy día, "es bajo el imperio del miedo, por ejemplo por la amenaza del despido planeando sobre todos los agentes de un servicio, como la mayoría de aquellos que trabajan se revelan capaces de desplegar sus tesoros de creatividad para mejorar la producción (en cantidad y calidad), y al mismo tiempo incomodar a sus vecinos con el fin de tener una ventaja sobre estos últimos, ante el proceso de selección para las carretas de despedidos". Incluso la prensa de los managers se interroga sobre el ascenso de la "brutalidad cotidiana" y de la "violencia del trabajo" bajo la "presión de las exigencias de rentabilidad"
(L´Expansion, nº 598, mayo 1999).


Miguel Amorós

La guerra social en la memoria
Este texto sirvió a la presentación en Madrid del libro Un terrorismo en busca de dos autores. Documentos de la revolución en Italia, Bilbao, murruteko burutazioak, 1999, de cuya edición, selección y traducción de textos es responsable el autor del mismo. Publicado como prólogo a Los Incontrolados: Manuscrito encontrado en Vitoria, Madrid, radikales livres, 1999.

"Érase una guerra, al parecer tenida en poco, y liviana dentro en casa; mas fuera estimada y de gran coyuntura, que en cuanto duró tuvo atentos, y no sin esperanza, los ánimos de príncipes amigos y enemigos, lejos y cerca; primero cubierta y sobresanada, y al fin descubierta, parte con el miedo y la industria, y parte criada con el arte y la ambición."
Diego Hurtado de Mendoza, Guerra de Granada

Hace unos pocos años, pasaron por televisión unas "Memorias de la transición", difundidas después en cintas de video, realizadas por una empleada de los medios de comunicación que, en compensación por el servicio prestado a la historia del poder, vio como su obra era unánimemente ensalzada y puesta a la venta con beneficios garantizados. Se trataba de una contribución entre muchas (por ejemplo, las "memorias" de los políticos retirados, o lasa confidencias selectivas e interesadas de periodistas a su servicio) a la parálisis de la memoria y, por tanto, de la historia. Un ejemplo de lo que Debord calificaba de falso sin réplica. El periodo político transcurrido entre 1975 y 1981, correspondiente al laborioso relevo de la clase dirigente española tras la muerte del dictador Franco y conocido con el nombre de "Transición", era presentado como un vaivén de personajes que, discretamente, de despacho en despacho y de reunión en reunión, con el inapreciable auxilio de abnegados correveidiles mediáticos y la ambigua tolerancia de las más altas instancias, iban atando los cabos del nuevo sistema político de dominación. Cuando aparecían las masas lo hacían como decorado de fondo, siempre dispuestas a seguir las prudentes y acertadas disposiciones de sus líderes, protagonistas absolutos del espectáculo de la historia en tanto que dueños exclusivos de la misma. La historia reducida a la cronología del poder, salpimentada con anécdotas de salón y cotilleos de trastienda, demuestra hasta qué punto los individuos tienen expropiado el tiempo, donde sólo están presentes como objetos y donde la vida histórica transcurre monopolizadas por las élites fácticas y sus representantes. Esto no siempre ha sido así; la usurpación tiene fecha, es ella misma histórica, por lo que la función del charlatán mediático consiste menos en revelarnos el quién es quién de la clase dirigente en otros tiempos y de paso recomponer alguna que otra mala reputación, que en ocultar el momento de la usurpación, negando la existencia cercana de movimientos sociales autónomos. La dominación persigue la desaparición del conocimiento histórico, porque es lo único que, al traer el pasado al presente, posibilita la comprensión de lo nuevo, y por consiguiente, permite plantear la transformación de la sociedad sobre bases liberadoras. Como decía IBN JALDÚN a propósito de las diversas formas de la falsificación histórica, "los charlatanes tienen en las artes del conocimiento un campo extenso: las praderas de la ignorancia están siempre dispuestas". Alguien podría objetar que, de todas formas, los hechos son los que cuentan. Pero con el espectáculo, los hechos mismos pasan a la clandestinidad. No sólo el camino hacia la realidad está plagado de obstáculos puestos por la falsificación, sino que el mismo camino es indiscernible. No existe opinión crítica, puesto que no existe espacio público ni medios donde se pueda formar y manifestarse, y en esas condiciones, todo da igual. Los voceros del espectáculo pueden filmar, decir o escribir lo que quieran, y volver a hacerlo cuando gusten, por ejemplo, a la hora de los aniversarios. Como los hechos se vuelven rápidamente obsoletos ante la avalancha de informaciones, la falsificación que sirve al poder los pone al día, reinventándolos si es preciso, de acuerdo con el método totalitario. "Toda la historia se convertía así -escribía ORWELL en 1984- en un palimpsesto, raspado y vuelto a escribir con toda la frecuencia necesaria. En ningún caso habría sido posible demostrar la existencia de una falsificación". El presente perpetuo está en la base de la sociedad moderna; la abundancia de seudoacontecimientos alcanza un punto de banalización que suprime y a la vez distorsiona el tiempo: a la vez que desaparece la memoria, el pasado transcurre en la época de Maricastaña. Hechos tales como el Mayo del 68, la revolución portuguesa del 74 o el movimiento asambleario de los obreros españoles de 1976-78, resultan extraños y remotos, como si realmente no hubieran ocurrido, y aunque en ellos participaron decenas de miles de personas, casi todas vivas en la actualidad, es extremadamente difícil dar con un relato de los mismos que posea algún sentido, que los recuerde como episodios recientes de la guerra social, como momentos de un proceso histórico. Asimismo, si consultamos el artículo "Italia" en una enciclopedia o en un digest de actualidades, o nos tropezamos en la prensa con alguna efemérides del 77-78, con toda seguridad daremos con el rapto de Moro, con un indescifrable terrorismo y, a los sumo, con Negri y las Brigadas Rojas. Nadie descubrirá el Movimiento del 77 como movimiento sin dirigentes, como la subversión más profunda de los tiempos modernos, ni hablará de la situación más preñada de posibilidades revolucionarias que jamás se diera en pleno capitalismo, por lo que nadie podrá comprender mínimamente el montaje del terrorismo de Estado -la "estrategia de la tensión"- o la función esencialmente contrarrevolucionaria del partido llamado comunista y de los sindicatos; ni el papel manipulador de los medios de comunicación o el de la contestación parcial y recuperadora; ni el efecto nefasto del seudodebate sobre la lucha armada o el espectáculo deprimente de los "disociados" y "arrepentidos", consecuencia última de aquél, y, en fin, nadie sabrá nada del auxilio decisivo que presta la droga en la aceleración de la descomposición del medio rebelde. Todo ello es el resultado de una serie sucesiva de derrotas proletarias; la pérdida de la memoria no es más que un aspecto del corolario de la derrota, la desaparición del pensamiento revolucionario: "la memoria, en cuanto tal, es solamente el modo extrínseco, el momento unilateral de la existencia del pensamiento" (HEGEL). Nada escaparía a la falsificación y a la trivialidad -tanto daría la huelga insurreccional de Vitoria como la Expo de Sevilla- a no ser por la obstinación de unos pocos en practicar la actividad subversiva por excelencia en los tiempos sombríos: la memoria. Es la mejor arma para reconstruir una comunidad de rebeldes, por restringida que sea, único lugar donde es posible la comunicación autónoma. Con ella se recobran los puntos de referencia históricos y los nuevos movimientos contestatarios pueden considerar su actividad como continuación de la subversión anterior, inscribirla en el decurso histórico. Entonces, enfrentándose con el discurso unilateral del poder que sólo habla de los imperativos de la economía y del progreso tecnológico, y refutando su versión de los hechos, en tanto sean capaces de reapropiarse del pasado y de controlar su presente -la tarea de la memoria histórica, volviendo a Hegel, "es la pura comprensión de lo que ha sido y de lo que es, sucesos y acciones"- prepararán el terreno de la unificación de las luchas donde habrán de formarse ab ovo las condiciones de una secesión antieconómica de grupos extensos que permita la aparición de la historia consciente.
Manuscrito encontrado en Vitoria (1977)
Comentarios acerca de la España salvaje en el prólogo a su segunda revolución (1978)
Nuevos Comentarios acerca de la España salvaje (1979)